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martes, 24 de marzo de 2026

LOS ATEOS NO CREEN EN DIOS PORQUE NO LO CONOCEN

 



Gran parte de la crítica atea moderna se basa en una comprensión equivocada de Dios como la instancia suprema dentro de la categoría del ser, en lugar de entender a Dios como el Ser mismo. 

Dios no es un ser competitivo: muchos ateos conciben a Dios como "un ser superior" o un "objeto" más dentro del universo —un rival competitivo frente a la libertad y la existencia humana.

Ya lo dijo Santo Tomás de Aquino:  Dios no es ens summum (el ser supremo o la cosa más grande), sino ipsum esse subsistens (el acto mismo de ser subsistente). 

Dios no es una cosa en el mundo, sino el océano de ser del cual proviene todo el mundo.

Si se ve a Dios como un ser (aunque sea el más grande), se le coloca en la misma "pista de juego" ontológica que los seres creados, lo que lleva a la falsa conclusión de que si Dios existe, limita a la criatura, al contrario, Dios ama a la criatura, por eso la ha creado a su imagen y semejanza. Todos los hombres han sido creados por un acto de amor infinito de Dios.

No hay palabras para describir el amor de Dios por sus criaturas. Dios quiere que todos los hombres se salven. Llama a todos los hombres a ser felices eternamente en el Cielo, y  nos ha creado para este fin y para esto ha venido Cristo al mundo, para dar testimonio de esta verdad, para esto ha muerto y ha resucitado para la salvación de todos.

El ateísmo a menudo ataca a un ídolo (una criatura superior) y no al Dios verdadero, que es la causa incondicionada del ser mismo, la razón del ateísmo simplemente es desconocimiento de Dios.

Dios no es el enemigo, el enemigo es el mal que los quiere hacer tropezar y perder (Satanás), el hombre puede caer en esta trampa haciendo uso de su libertad, es fácil caer cuando nos separamos de Dios, pues sin Él poco podemos hacer ante Satanás que es una criatura sobrenatural muy poderosa, solo junto a Cristo estamos a salvo.

El infierno no es otra cosa que la ausencia de Dios, la separación voluntaria de Dios.


lunes, 16 de marzo de 2026

ATEÍSMO

 



 LAS DIFICULTADES DE UNA DEFINICIÓN. El término ateísmo (del griego a privativa y theos = Dios) es uno de los más ambiguos del lenguaje filosófico. Su único contenido definido viene dado por el prefijo a con el que se expresa una negación. Pero, ¿de qué es negación el ateísmo? 

Si nos atenemos a la etimología arriba indicada, el ateísmo es la negación de Dios, pero en frase de K. Rahner, «determinar dónde se encuentra el verdadero ateísmo depende del concepto preciso que se tenga de Dios». 

El ateísmo, así entendido es polémico: lo que para uno es afirmación de Dios, puede ser para otro expresión de ateísmo. Los primeros cristianos fueron tenidos por ateos, porque se negaban a sacrificar a los dioses paganos. Otros, en cambio, se consideran ateos, porque confunden a Dios con una imagen tan maltrecha de Él, que les parece imposible que pueda existir.

Si, ateniéndonos ahora al significado inmediato del término, definimos el ateísmo como la negación del teísmo, el panorama se clarifica notablemente, pero a costa de una serie de drásticas y problemáticas exclusiones. 

Por teísmo se entiende efectivamente la doctrina que reconoce la existencia de un Dios personal y trascendente, que actúa sobre el mundo que Él mismo ha creado. En este sentido se puede decir, en general, que el ateísmo niega lo que el teísmo afirma. 

Lo de menos es disponer de una definición redonda del fenómeno ateo y lo de más conocer de algún modo su naturaleza y los rostros diversos que ha tomado en la historia. Suele distinguirse a este respecto entre el ateísmo teórico y el práctico. Para caracterizarlos de algún modo, partiremos como dato de hecho de la idea de Dios, tal como suele concebirlo la tradición religiosa de la humanidad, a saber, como un ser trascendente, del que dependen en definitiva el mundo y el 'hombre. 

En este supuesto, el ateísmo teórico consiste sencillamente en la negación expresa de la existencia de Dios.

Por su parte, el ateísmo práctico consiste en vivir como si Dios no existiera, organizando decididamente la vida según un sistema de valores del que Dios está ausente. 

Dada la relación existente entre Dios y el orden moral, cuando una persona orienta su vida desde la exigencia absoluta del bien, la orienta en definitiva hacia Dios, el Bien absoluto.

Por ello, nada impide que un ateo teórico, negando explícitamente a Dios, lo afirme implícitamente en ese acto radical de libertad, por el que se compromete totalmente y elige el sentido de su vida. Como tampoco nada impide que un supuesto creyente, afirmando en teoría a Dios, lo niegue implícitamente en un acto radical de libertad de signo contrario. En definitiva, en frase de J. Maritain, el verdadero lugar del hombre se halla en la encrucijada entre el bien y el mal.

Para ahondar en la naturaleza del ateísmo teórico es útil clasificarlo ulteriormente en positivo y negativo: 

El ateísmo negativo se limita a rechazar la existencia de Dios, sin poner nada en su lugar. Se trata de un ateísmo superficial, como el de los libertinos del siglo XVII, que deja obviamente un vacío en el centro de una concepción de las cosas, que se había estructurado en torno a Dios, pero sin asumir la tarea de cambiarla. 

En cambio, el ateísmo positivo es un esfuerzo heroico y, en ocasiones, desesperado por reconstruir el entero universo humano, con todos sus valores, de acuerdo con el cambio radical que supone la negación de Dios. Tal es, para citar dos ejemplos bien conocidos, el ateísmo optimista y revolucionario de Marx y el trágico de Nietzsche.

El rasgo peculiar de este ateísmo es su carácter postulatorio. Aunque mantiene, como es obvio, una vertiente intelectual, su raíz está en la voluntad. Como dijo Unamuno en su época: « La mayoría de nuestros ateos quieren que Dios no exista». Y ello no por comodidad, sino por una pretendida exigencia de la propia dignidad humana. El punto de partida del ateísmo positivo es entonces un acto radical de libertad, que se sitúa en los antípodas de aquel, por el que el hombre se orienta hacia Dios. Se trata, al contrario, de un acto de elección moral, por el que una persona, al tomar postura ante el ,"sentido de su vida, confunde el paso al estado adulto con el rechazo, no sólo de la subordinación infantil, sino de toda subordinación, y se decide a abordar el bien y el mal en una experiencia total y absolutamente libre, de suerte que la posición del hombre como señor absoluto de su destino coincida exactamente con el rechazo de Dios. 

El ateísmo teórico encuentra así su propio ámbito de actuación práctica y deviene con ello ateísmo absoluto: por vez primera en la historia de la humanidad, se nos pone delante un ateísmo plenamente consciente y consecuente, que niega tan verdaderamente a Dios, que exige del hombre que lo destierre totalmente de su pensamiento y de su vida. Pero esto que acabamos de describir ¿qué otra cosa es sino una especie de acto de fe invertido? La toma de postura atea difiere del acto de fe del creyente en que, en lugar de ser una entrega libre a Dios, es un desafío libre a este mismo Dios trascendente. Como observa Maritain, el ateísmo absoluto es en el fondo una especie de compromiso religioso de gran estilo.

HISTORIA DEL ATEÍSMO. Un ateísmo así, en su tremenda radicalidad, es un fenómeno poscristiano. Ni en la antigua Grecia ni en las grandes culturas orientales se encuentra nada parecido. Pero hay motivos para preguntarse si se trata en todo ello de un auténtico ateísmo, ya que falta el punto de referencia: un Dios trascendente y personal de quien pueda negarse la existencia. 

El corte radical en la historia del ateísmo moderno lo lleva a cabo L. Feuerbach con su teoría de la proyección religiosa. El hombre se convierte ahora en el auténtico contenido del concepto Dios. El hombre, en efecto, crea a Dios a su imagen y semejanza, de acuerdo con sus deseos y necesidades. Dios es entonces algo así como el espejo soñado, en el que el hombre se mira a sí mismo, pero en forma de Otro. De ahí la acusación de alienación que Feuerbach hace a la conciencia religiosa. En la religión el hombre real está separado de sí mismo: adora en Dios a su propia esencia, considerada como un ser distinto de él. Hay que devolver, pues, al hombre lo que es suyo y reconocer que el único Dios del hombre es el mismo hombre, pero no como individuo, sino como especie. ¡Homo homini Deus!

El paradigma antropológico, introducido por Feuerbach, será llevado por Karl Marx (1819-1885) y S. Freud (1856-1939) al terreno de la sociología y la psicología profunda.

La idea de Feuerbach es básicamente ésta: "No es preciso matar a Dios para que el hombre viva: basta con hacer posible que el hombre viva y Dios morirá por sí mismo". El ateísmo deja de ser una doctrina y se convierte en un hecho. Freud, por su parte, explica la génesis de la idea de Diosa partir de la ambivalencia afectiva de amor y temor presente en la relación hijo-padre. «El Dios personal no es más que el padre transfigurado». En cualquier caso, la religión es una ilusión y una ilusión dañina, ya que mantiene al individuo en el estadio de sujeción infantil y le impide hacerse adulto y asumir, austera y responsablemente, la existencia en toda su dureza.

En este contexto, el grito de F. Nietzsche (1844-1900): «¡Dios ha muerto!» constituye a la vez un punto final y un nuevo comienzo. Un punto final, porque la muerte de Dios se concibe como el acto humanizador por excelencia: el hombre no deviene hombre hasta que no empuña en su mano el cuchillo deicida. 

Un nuevo comienzo, porque el ateísmo deja de ser optimista y deviene trágico. No basta con vencer a Dios: hay que vencer también la nada, que su muerte acarrea. Y así Nietzsche se queda entre el temor y la esperanza. La esperanza del ultrahombre, el heroico anticristo y antinihiiista que vencerá a Dios y a la nada. Y el temor al último hombre, el más despreciable y a la vez el más inextinguible, el que ha vencido a Dios, pero no ha podido vencer a la nada.

El modelo de ateísmo humanista es ulteriormente desarrollado por J. P. Sartre (1905-1980) y A. Camus (1913-1960). Para Sartre la negación de Dios es el presupuesto de un humanismo eficaz. La aceptación de Dios significaría para el hombre degradarse al nivel del objeto, dejarse determinar desde fuera por la ética del ser, abandonar la libertad a la que ha sido condenado. Camus, en cambio, rechaza a Dios como protesta contra el sufrimiento. «Allí donde sufre un niño inocente, no puede haber ningún Dios». El ateísmo es entonces la condición para una protesta activa contra el "sufrimiento y contra el mal, que constituye el destino que ha de asumir el hombre rebelado contra un mundo absurdo. 

La objeción atea  más fuerte y que se mantiene en pie con renovado vigor, es la que se apoya en la experiencia del "mal. Ante el sufrimiento de los inocentes fracasa todo intento redondo de explicación teológica. Sólo la cruz de Cristo señala un camino para superar teológicamente el ateísmo de la protesta, pues desde la muerte de Jesús en la cruz el sufrimiento ya no se experimenta como algo extraño a Dios mismo.



POSIBILIDAD Y LÍMITES DEL ATEÍSMO. El ateísmo es una realidad, pero no se puede olvidar que el ateísmo no es nunca lo primero. Lo primero es la afirmación de Dios. De ahí se deduce que no puede darse un ateísmo que descanse tranquilamente en sí mismo, ya que, por su mismo carácter secundario, se replantea necesariamente la cuestión de Dios como condición de posibilidad de su misma negación. 

Como ya advertimos anteriormente, la imposibilidad de un ateísmo despreocupado se muestra especialmente en el ámbito de la experiencia moral. En toda afirmación absoluta del bien -y lo mismo hay que decir de todo amor real al prójimo-, late una afirmación implícita de Dios, por mucho que el individuo en cuestión no logre objetivarla conceptualmente en un teísmo explícito. Por eso la teología ya no da hoy simplemente por probado que un ateísmo explícito sea siempre expresión de culpa moral. Más aún, reconoce en principio la posibilidad de salvación, también en hombres que se profesan ateos, mientras sean fieles a las obligaciones indispensables de la conciencia moral.

Como fenómeno poscristiano, el moderno ateísmo constituye el punto final del proceso de desmitificación del mundo y de liberación del sujeto, que tienen su origen histórico en la fe bíblica en Dios, y se presenta, paradójicamente, como un rechazo consciente de la misma fe que lo hizo posible. En este rechazo el ateísmo se comporta en ocasiones como ideología pseudorreligiosa de salvación, y se convierte así en expresión ilegítima del proceso desmitificador y liberador que la fe propició. Sin embargo, por enorme que sea en sí mismo este rechazo del Dios salvador, el ateísmo presenta también para la fe aspectos positivos, que es de justicia subrayar. Ante todo, el ateísmo constituye una prueba negativa de la inevitabilidad de Dios. Plantearse la cuestión de Dios, aunque sea para negar su existencia, es un hecho específicamente humano. Además, el ateísmo surge muchas veces como reacción crítica a los excesos antropomórficos del discurso religioso, y obliga así a los creyentes a purificar su imagen de Dios en la línea del Deus semper maiot: Finalmente, el ateísmo, sobre todo en la forma absoluta que le dieron Nietzsche y Sartre, ha puesto de relieve, de modo impresionante, que la muerte de Dios, para decirlo con L. Kolakowski, es la herida mortal del espíritu europeo, ya que juntamente con Dios caen también todos los grandes valores humanos. De este modo, el ateísmo ha liberado al hombre del mito de la autosalvación, dejándolo, como experimentó hondamente M. Heidegger, a solas con su nada, nostálgico del Dios perdido en la misma medida en que lo echa en falta. En este sentido, como apunta F. Morra, más grave que el ateísmo de la negación absoluta es el actual ateísmo de la indiferencia, que nace de la insensibilidad ante el problema de Dios y de la religión.

La obscuridad de Dios, su absoluta trascendencia, que se esconde en el misterio, hacen del ateísmo una dramática posibilidad del ser humano. Pero esta misma posibilidad es, como ya vio Marx, una especie de reconocimiento de Dios en negativo, una contraprueba de lo que X. Zubiri denominó la religación, como condición ontológica del ser personal. La existencia atea es una existencia desligada, porque, engañada por su aparente autosuficiencia, no ha llegado hasta el fondo de sí misma. En definitiva, como enseñó el Concilio Vaticano II, «todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto, percibido con cierta oscuridad. Nadie en ciertos momentos, sobre todo en los acontecimientos más importantes de la vida, puede escapar del todo al interrogante referido. A este problema sólo Dios da respuesta plena y totalmente cierta» (GS 21).


E. Colomer

miércoles, 18 de febrero de 2026

JESÚS ERA DIOS


 

JESÚS AFIRMO QUE EL ERA EL HIJO DE DIOS EN SENTIDO NATURAL Y PROPIO.

HIJO EN SENTIDO NATURAL es aquél que por medio de la generación trae su origen de un viviente de naturaleza semejante; a saber tiene la misma naturaleza del Padre. La naturaleza no sería numéricamente diversa ni específicamente idéntica, como acontece en las generaciones humanas, sino que sería numéricamente la misma, ya que la naturaleza divina debe ser única.

JESÚS ERA DIOS. PRUEBAS:

JESÚS SE ASIGNA ATRIBUTOS DIVINOS.

 

a) Jesús se antepone a los príncipes de Israel ("aquí hay algo más que Salomón": S. Mateo 12,42; "Hay aquí algo más que Jonás": S. Mateo 12,41); igualmente se antepone al templo y a la ley de Yahvéh ("lo que hay aquí es más grande que el templo": S.Mateo 12,6; "el Hijo del hombre es Señor del sábado": S. Mateo 12,8).

 

Aparece en los evangelios como Señor superior a los ángeles: S. Mateo 13,41; 16,27; S. Marcos 13,32.

 

b) Jesús obra los milagros de tal manera que reclama para sí la potestad ilimitada y totalmente propia y absoluta, la cual también en aquél tiempo se atribuía exclusivamente a Dios. Y así por su sola voluntad sana a un leproso (S. Mateo 8,3); y cura a distancia al siervo del Centurión (S. Mateo 8,7): y sabe también que él hará resucitar a la hija de Jairo que había muerto (S. Marcos 5,35s); y sin ningún esfuerzo con su sola palabra calma la tempestad (S. Marcos 4,,39); y arroja a los demonios ejerciendo su poder sobre ellos y esto desde el principio de su vida pública (S. Marcos 1,25)...

 

Hace partícipes de estos poderes de, un modo absoluto a sus discípulos (S. Mateo 10,8); y sus discípulos los ejercen en nombre de El (S. Marcos 6,13; S. Lucas 10,17-19); y también otros arrojan demonios en nombre de Jesús (S. Lucas 9,49s).

 

JESÚS SE ATRIBUYE DE FORMA EQUIVALENTE UNA TITULARIDAD DIVINA IGUAL A LA DEL PADRE.

 

a) Se atribuye una potestad legislativa igual a la potestad del Padre. Por tanto la ley divina, que fue pronunciada por Yavhéh a los antepasados a saber a Moisés y a los Patriarcas de Israel (S. Mateo 5,21.27.31.33.38.43), Él Mismo la completa y la perfecciona (S. Mateo 5,22.28.34.39.44); Él Mismo rectifica (S. Mateo 5,32) el indulto divino acerca del libelo de repudio (Deut.24, 1); cambia la ley acerca del derecho del talión "ojo por ojo y diente por diente" (S. Mateo 5,38.42; Levitico 24,19.20). Ahora bien todo esto lo hace en la ley divina por propia potestad, no en virtud de una potestad meramente vicaria: "pero yo os digo... "; en efecto se trata de aquél que es también "Señor del sábado" (S. Mateo 12,8; véase, S. Juan 7,23).

 

b) Igualmente Jesús se adjudica el juicio para absolver pecados, el cual juicio es propio exclusivamente de Dios, y así se entendía en Israel (véase S. Mateo 9,3; S. Marcos 2,7); y no lo ejerce simplemente con potestad delegada y vicaria: y así afirma delante del paralítico que él tiene potestad de perdonar los pecados (S. Mateo 9,6); y perdona sus pecados a la mujer pecadora (S. Lucas 7,48-50); y comunica esta potestad a sus discípulos (S. Juan 20,23 y probablemente en S. Mateo 16,19; 18,18).

 

También Jesús mismo ejercerá al fin del mundo el juicio universal sobre todos los hombres de tal modo que El mismo va a enviar a sus ángeles (S. Mateo 13,41... ); y de tal forma que los condenados por El van a tener como castigo el apartarse de El (S. Mateo 7,23; véase, S. Mateo 24,29-31; 25,31-46; 26,64).

 

c) Jesús se constituye como el centro de todos los corazones y el objeto de la vida religiosa.

 

Jesús reclama para sí el amor por encima de todas las cosas, esto es el amor por encima del padre y de la madre y de los hijos (S .Mateo 10 , 3 7) ; la vida misma hay que entregarla por El (S. Mateo 10,39; 16,25); debemos seguirle rehusando totalmente nuestras cosas y negándonos a nosotros mismos, por más que tengamos que llevar la cruz de cada día (S. Mateo 10,38; 16,24; S. Lucas 9.23); si alguno le maldice a causa de El, será bienaventurado (S. Mateo 5,11); y hay que creer en El absolutamente bajo pena de condenación (S. Mateo 10,33).


Los argumentos anteriores se robustecen y se confirman en virtud de las claras expresiones con las que JESÚS PROFESA QUE EL ES EL HIJO DE DIOS EN SENTIDO NATURAL.

 

 (S. Mateo 11,27): todo me ha sido entregado παρεδόθη ) por mi Padre. Y nadie conoce ( έπιγιγνώσκει ) al Hijo (S. Lucas 10,22: nadie sabe quién es el Hijo) sino el Padre, y nadie conoce al Padre (S. Lucas: quién es el Padre) sino el Hijo y [aquél] a quien el Hijo quisiere revelárselo.

 

a) Según este texto el conocimiento del Hijo (quién es el Hijo, a saber quién es Jesús) es de tal naturaleza que ha sido reservado al Padre y es exclusivamente propio de Este. Ahora bien esto no puede decirse de una filiación meramente moral. Luego se trata de la filiación natural de tal índole que no puede ser entendida y penetrada por ninguna creatura ni puede ser conocida antes de la revelación.

 

b) Tampoco conoce nadie al Padre (quién es el Padre) sino el Hijo. Luego si el Hijo conoce esto en exclusiva, y solamente él entiende y penetra quién es el Padre, no se trata de un mero conocimiento abstracto de Dios, que es el que tienen los hombres, ni de un simple conocimiento intuitivo de Dios, que, según la doctrina de la revelación cristiana, podrían tenerlo las creaturas racionales; sino que se trata de algún conocimiento que no tiene que ser tenido con un entendimiento meramente creado y finito, sino que está reservado al entendimiento infinito, que posee el Hijo. Y éste podrá revelar a otros esto mismo: que existe en Dios la persona divina del Padre.

 

c) Según este texto existe también una coordinación del Hijo con el Padre, ya que atendiendo al paralelismo de los miembros el Hijo se comporta como el Padre por razón de la potencia cognostitiva y por razón del objeto conocido. Luego así como el Padre se entiende que es Dios, así también se entiende que el Hijo es Dios.

 

Partiendo de aquí quedarán más claras las palabras: Me han sido entregadas todas las cosas por mi Padre, a saber por medio de la generación también la naturaleza divina; y así como esto ha sido revelado por el Padre a los sencillos (V.25.26), así también el Hijo podrá revelar conocimientos correlativos acerca del Padre (V.27). Se confirma esto por el paralelismo con S. Mateo 28,18-20 donde Jesús, llegándose a los discípulos, les habló del mismo modo: "Se me ha dado todo el poder en el cielo y en la tierra" [me han sido entregadas todas las cosas por mi Padre]; y manda que los apóstoles hagan discípulos ( μαθητενσατε ) [aprended de mí]; y se enumera a sí mismo conjuntamente con la persona divina del Padre, de tal modo que todos los hombres deben ser bautizados y consagrados al nombre ( είς τό όνομα ) esto es a la majestad y a la dignidad de un solo Dios, a saber del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

SAN MATEO 16,13-20.

 

Versículo 13: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (S. Marcos 8,27: ¿quien dice la gente que soy yo?; S. Lucas 9,18: ¿quién dice la gentes que soy yo?). Así Jesús pregunta en primer lugar qué piensan los otros, a saber las multitudes, respecto a su persona. La denominación del Hijo del hombre es en el Nuevo Testamento un nombre propio de Jesús, que se predica no como un nombre común sino que se dice exclusivamente de Jesús, y es solamente Jesús el que lo emplea, y cuando lo empleen otros, es sólo citando las palabras de Jesús o del Antiguo Testamento -este nombre contiene ya la mesianidad de su sujeto.

 

En el Versículo 14 responden los discípulos recibiendo las opiniones del pueblo. Unos le tienen como Juan Bautista (resucitado, véase S. Mateo 14,2), en cambio otros le tienen como Elías que debía venir de nuevo (véase, S. Mateo 17,10), o como Jeremías resucitado u otro de los profetas enviado para auxiliar al pueblo (véase, libro II de los Macabeos 15,14; 2,1-21; libro IV de Esdras 2,18).

 

En el Versículo 15 Jesús quiere que se contraponga a éstas opiniones del vulgo el criterio de los discípulos: vosotros, ¿quién decís que soy yo? Así pues no pregunta solamente acerca de su dignidad mesiánica, la cual debía suponerse ya conocida por los discípulos la cual estaba ya contenida con toda claridad en el nombre "del Hijo del hombre". Y por otra parte los discípulos mismos estaban persuadidos acerca de esta dignidad, según es de suponer; sino que Jesús pregunta sobre todo acerca de su naturaleza interna.




 

Versículo 16:-Tomando la palabra Simón, dijo: Tú eres el Cristo ( ό χριστός  , el Mesías), el Hijo de Dios vivo. όνίός τοΰ θεοΰ τοΰ ζώντος )) 

 

Versículo 17: Jesús acepta esta denominación: bienaventurado tu Simón Bar Iona [hijo de Juan, como yo soy el Hijo de Dios], porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre que está en los cielos. Luego a Pedro, como a un niño en espíritu, le ha sido hecha la revelación de la que hablaba antes S. Mateo 11,25 acerca de la naturaleza interna de Jesús.

 

Versículos 18-20: Sigue Jesús hablando con Pedro con autoridad totalmente propia de El y absoluta: "Y yo te digo...; y sobre esta piedra edificaré mi iglesia...". De este modo habla acerca de su obra después de la profesión de su naturaleza interna, de un modo paralelo a como en S. Mateo 11,25-30 después de la manifestación de su divinidad hablaba acerca de su yugo y del modo como entrar a tomar parte de sus discípulos; y repetidamente en S. Mateo 28,18-20 ("Me ha sido dado todo poder... bautizándoles en el nombre... del Hijo... enseñándoles a observar todo [hacer discípulos]").

 

Jesús acepta y alaba la respuesta que ha dado Pedro acerca de El; es así que en esta respuesta se afirma la filiación divina natural de Jesús; luego sáquese la consecuencia.

 

En una ocasión solemnísima, al final de la vida pública de Jesús y poco antes de morir, en presencia del Sanedrín constituido solemnemente, y habiendo sido interrogado por el Sumo Pontífice con su autoridad suprema, Jesús confesó de modo manifiesto su divinidad.

 

S. MATEO 26,63: Y el Pontífice le dijo: te conjuro por Dios vivo; dí si eres tú el Mesías, el Hijo de Dios. (S. Marcos 14,61: ¿tú eres el Cristo, el Hijo de Dios bendito?). S. Lucas hablando de otra reunión del Sanedrín celebrada por la mañana distingue dos modos de interrogar; V.66: si tú eres el Cristo (el Mesías), dínoslo; V.70: ¿luego eres tú el Hijo de Dios?

 

A estas preguntas que le hacen a Jesús la noche de su pasión, contesta afirmando en sentido totalmente pleno que él es Hijo de Dios, S. Mateo 26,64: díjole Jesús: "Tú lo has dicho. Y os declaro que desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Padre, y venir sobre las nubes del cielo".



 

Y S. Lucas 22,70 nos transmite las palabras de Jesús pronunciadas al amanecer del día de su muerte: Yo soy.

 

Estas palabras todos las consideraron blasfemas; y por ello le condenaron a muerte.

 

Esta afirmación es escuchada como una blasfemia y con enorme horror (en efecto el Sumo Sacerdote se rasgó las vestiduras), y todos dijeron: "reo es de muerte...". En verdad no sería tal blasfemia si Jesús se hubiese atribuido solamente una filiación moral, o sea la misión mesiánica.

 

Entre las injurias de aquéllos que blasfemaban de Jesús cuando pendía de la cruz, sobresale ésta: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz (S. Mateo 27,40), "Pues dijo: Soy el Hijo de Dios" (S. Mateo 27,43); lo cual en verdad no parecería que debía ponerse de relieve de este modo, si solo se tratara de una filiación moral, esto es de la mesianidad.

 

En el evangelio de S. Juan aparecen muchos textos en que Jesús de un modo manifiesto dice que Él es el Hijo de Dios, o bien se atribuye tales cualidades donde debe entenderse su filiación divina natural.

 

Entre los textos de S. Juan hay que citar principalmente los siguientes:


* Jesús se llama el Hijo de Dios: S. Juan 5,17.25; 8,35s; 11,4.27; 20,17.

* Afirma su pre-existencia: 3,13; 6,32; 8,58; 17,5; "salió" en efecto del Padre: 6,33.38.46.50ss.62; 7,16.28ss; 8,18.23.42; 11,42; 16,27; 17,8; "ha visto" al Padre: 3,11; 6,46; 8,38.

* Afirma la igualdad que tiene con Dios; y ciertamente en el obrar: 5,17ss.30; 8,18; 14,10; en el conocer: 10,15 (véase, S. Mateo 11,25ss); en el ser: 5,18; 10,30.33.36; 12,44ss; 14,7.10.20; 16,15; 17,10.21.

San Juan enseña de modo clarísimo en su evangelio esta divina filiación de Jesús de tal modo que tiende a ello todo su evangelio, según dice al final, "Para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre" (20,31); y declara solemnemente en el prólogo que se trata de la filiación natural, al decir: Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios (1,1); y dice que el Verbo hecho carne tiene la gloria como de Unigénito del Padre (1,14), esto es que tiene verdaderamente la gloria que es propia del Unigénito del Padre.

 

Cuando Jesús se llama Hijo de Dios (v.gr. S. Juan 5,17: "mi Padre sigue obrando todavía, y por eso obro yo también..."), los judíos lo entienden en el sentido de filiación natural: "por esto los judíos buscaban con más ahínco matarle, pues no solo quebrantaba el sábado sino que decía a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios" (V.18). Lo cual Jesús no lo corrige de ningún modo, sino que lo confirma afirmando la unidad de su operación (y aún más la unidad de su naturaleza) con el Padre (V.19); igualmente afirma el juicio que le ha sido entregado y la comunidad de honor con el Padre, "a fin de que todos honren al Hijo así como honran al Padre" (V.22ss).

 

Esto mismo se afirma en S. Juan 10,30: Yo y el Padre somos una sola cosa. En efecto lamentándose Jesús de que le apedrearan los judíos, éstos le responden: "Por ninguna obra buena te apedreamos,.- sino por la blasfemia, porque, siendo hombre, te haces Dios" (V.33).

 

4. Y si Jesús responde (V.34ss) haciendo alusión a la Sagrada Escritura, que llama dioses a los jueces y a los hombres (véase, Salmos 82,6; 1 Cor. 8,5), esto no invalida la fuerza del argumento que hemos dado; sino que solamente muestra Jesús con un argumento "ad hominem" que ni siquiera por esto deben indignarse los judíos.

 

LOS TESTIMONIOS DE LOS APÓSTOLES. Acerca de la divinidad de Jesús confirman que Jesús tuvo esta persuasión y esta conciencia de su divinidad; y deben acudir como a fuente a este testimonio de Jesús sobre sí mismo.

 

Entre los muchísimos testimonios de los apóstoles, implícitos o explícitos, sobresalen en los Hechos de los Apóstoles las palabras de S. Pedro que aplica a Jesús el Salmo 109,1 acerca del Mesías-Señor de David (Hech. Ap. 2,34 puesto en relación con S. Mateo 22,43­45); igualmente S. Pedro llama a Jesús autor de la vida (Hech. Ap. 3,15).

 

en S. Pablo, además de la denominación de Kyrios aplicada a Jesús, con el cual nombre se designa ciertamente en los LXX a Yahvéh (Adonai), los textos de más renombre son los siguientes:

 

* Filipenses 2,5-7 al hablar de Jesucristo "quien, existiendo en la forma de Dios [teniendo naturaleza de Dios], no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo [la naturaleza de hombre]...".




* En Tito 2,13 trata S. Pablo de la expectación de la bienaventurada esperanza en la venida gloriosa del gran Dios y salvador nuestro, Cristo Jesús.

* En Romanos 9,5 dice S. Pablo que según la carne procede del pueblo de Israel Cristo, que está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos.

* En Hebreos 1, lss se dice que Dios nos ha hablado en su Hijo, el cual el Apóstol le contrapone a los profetas (que eran hijos de Dios en sentido moral) y le pone como superior a los ángeles.

 

(TEOLOGÍA, MERCABA)


JESÚS ERA EL MESÍAS ANUNCIADO



 


 JESÚS NAZARENO TESTIFICÓ QUE EL ERA EL MESÍAS

 

 MESÍAS es una forma helenizada del vocablo arameo  פש׳חא (meshiha'), extraída del vocablo hebreo פש׳ח (mashiáh), en griego όΧριτός (ó Christos), en latín ungido.

Este nombré dé Cristo -según veremos detenidamente después, al tratar dé los vaticinios mesiánicos-, sé aplica al Príncipe y Liberador qué ha dé venir para traer la salvación.

Esta denominación de Jesucristo, como el ungido por antonomasia, se le atribuía, por el hecho de que en virtud de las profecías que se anunciaban acerca de Él, tenía como propia una triple dignidad:

 

        * La de rey (v.gr. Salmos 2,6-8),   

   

        * La de profeta (Deut 18,15 s),   

 

        * La dé sacerdote (Salmos 109, 4).

Puesto que el Mesías iba a ser Rey, sus cualidades o prerrogativas se muestran al considerar las propiedades de las que se haya dotado et antiguo Testamento et reino mesiánico, esto es et gobierno y la potestad del Mesías. Así pues, et reino del Mesías se predicaba:

 

* Eterno (2 Reyes 7,13.16 [Véase, Salmos 88, 29 s. 37s.]; Salmos 71,5-7; Isaías 9,7; Daniel 7,14.27...).

 

* Universal (Génesis 12,3; 18,18; 22,18; 26,4; 28,14; 49,10; nums. 24, 17-23; Salmos 2,8s; 21,28s; 71,8-11; Isaías 2,2-4; 66,19s; Miqueas 4,1-3; Daniel 7,14.27; Malaquías 1,11...).

 

* Externo y visible (Isaias 2,2s; 11,10; Miqueas 4,1s; Malaquias 1,11...)

 

* Nuevo, con un nuevo sacrificio y un nuevo culto (Malaquias 1,11s), con un nuevo sacerdocio (Isaías 66,20s), con una nueva ley (Jeremías 31,31-33);

 

Doctrinal, esto es que anuncia una doctrina (Deut 18,18; Isaías 2, 3; Salmos 2,6;21,23...)

 

Espiritual y dispensador de los bienes por gracia (Isaías 11,1-9; Jeremías 31,34; 50,20...).


PRUEBAS DE QUE JESÚS ERA EL MESÍAS:

 

 LOS APÓSTOLES ATRIBUYEN CONSTANTEMENTE A JESÚS ESTA DIGNIDAD Y ESTE NOMBRE. 

Obran de este modo en sus evangelios: En efecto la finalidad de San Mateo es mostrar que Jesús es el Mesías anunciado de antemano por los profetas, la cual la aclara abundantemente aduciendo con mucha frecuencia las palabras de Jesús "para que se cumpliera la que ha sida dicho por el profeta" (en muchos lugares); y Juan escribió para que creyeran "que Jesús es Cristo" (S. Juan 20,31). Esto mismo hacen también los apóstoles "en su predicación" (Hech. Apost. 2,36; 3,18; 4,10...); es así que la razón suficiente de hacer esto en tales testigos tan veraces, hasta la muerte, los cuales vivieron con Jesús mismo tan frecuentemente, no puede ser mas que el hecho verdadero mismo, a saber, que Jesús se tuvo a sí mismo como el Mesías y afirmó que lo era; luego Jesús se tuvo en realidad como el Mesías y dijo que era el Mesías.

 

JESÚS PREGUNTADO EXPRESA PÚBLICAMENTE QUE ERA EL MESÍAS Y así, como fuera preguntado por las discípulos de Juan el Bautista sobre si era (el Mesías) que iba a venir, apela de forma absoluta a todo la que se esperaba a cerca del Mesías, a saber, apela a que los milagros que había realizado (S.Lucas 7,18-23; S.Mateo 11,1-6; puesto en relación con Isaías 35,4-6; 61,1). Del mismo modo lo afirmó, cuando fue expresamente preguntado por el pontífice Caifás (S.Mateo 26,63s; S.Marcos 14,61s).

 



JESÚS SE IMPONE A SI MISMO TÍTULOS MESIÁNICOS Y ACEPTA LOS QUE SE LE DESIGNABA POR AQUEL TIEMPO AL MESÍAS. 

Jesús confiesa claramente que es Mesías ó Cristo, cuando habla con la samaritana (S. Juan 4,25-27: Yo soy, el que contigo habla). Y anteriormente, ya en el comienzo de la vida pública le había designado de este modo Andrés al decir a Simón: Hemos hallado el Mesías (S. Juan 1,41). Expresamente acepta y alaba la confesión de Pedro, hecha en nombre de todos los apóstoles: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (S. Mateo .16,16s; Véase, S. Marcos 8,29; S. Lucas 9,20). Él mismo se adjudica este título: Uno solo es vuestro Maestro, Cristo (S. Mateo 23,10) y alaba la misericordia tenida con los apóstoles en su nombre porque sois de Cristo (S. Marcos 9,41); y dice que no crean a aquéllos otros que dijeren: Aquí está el Mesías, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas (S. Mateo 24,23s). Y esta es la vida eterna, que te conozcan a TI, único Dios verdadero, y a tu enviado Jesucristo (S. Juan 17,3). Por último afirmó solemnemente su mesianidad en presencia del Sanedrín (S. Mateo 26,63s; S. Marcos 14,61s); y aparece después de su resurrección adjudicándose esta dignidad, al hablar con los discípulos en el camino de Emaús (S. Lucas 24,26) y con los otros discípulos (S. Lucas 24,46).

 

Natanael le llama Rey de Israel (S. Juan 1,49); es proclamado también Rey de Israel por el pueblo el día que fue recibido con palmas (S. Juan 12,13; Véase, S. Mateo 21,1s; S. Marcos 11,10; S. Lucas 19,38), por el buen ladrón en la cruz (S. Lucas 23,42); y Él mismo acepta este título, por más que alguna vez huyera del tumulto del pueblo que quería hacerlo rey después de la multiplicación de los panes (S. Juan 6,15). Jesús mismo habla acerca de su reino (S. Mateo 13,41) al explicar la parábola de la cizaña; en S. Mateo 25,34.40 cuando el rey habla a aquéllos que estarán a su derecha); y afirma que El es rey cuando es preguntado por  Poncio Pilato (S. Mateo 27,11s; S. Juan 18,33-37; Véase, S. Mateo 27,27-29; S-.Marcos 15,16,18; S. Lucas 23,2s nos habla acerca de la injurias que le dirigieron los soldados a causa de éste título de rey; y de forma semejante hablan los evangelistas acerca de las imprecaciones de la turba y de los sacerdotes delante de la cruz, por el hecho de que Jesús dijo que El era el rey de Israel: S. Mateo 27,42; S. Marcos 15,32; S. Lucas 23,37; lo cual se confirma también por la inscripción del la cruz; S. Mateo 27,37; S. Marcos 15,26; S. Lucas 23,38; S. Juan 19,19-21).

 

HIJO DE DAVID. Este era también un título mesiánico, puesto que el Mesías debía provenir de David (Véase n.595s.610; S. Mateo 12,23; 22,42...). De este modo le aclaman los ciegos (S. Mateo, 9,27; 20,30-34) y la mujer cananea (S. Mateo 15,22); por último los apóstoles y el pueblo así le aclaman al entrar Jesús en Jerusalén (S. Mateo 21,9.15s).

El que ha de venir ( ό έρχόμενος , con artículo, dando a entender una persona concreta a la que se espera) cuando es preguntado por los discípulos de Juan Bautista (S. Mateo 11,3-5).

 

El Profeta ( ό προφήτης , igualmente con artículo, significando esta palabra el profeta determinado, al que se refirió Moisés en Deut. 18,15-18; véase, S. Juan 5,46). Así le llaman las turbas después de la multiplicación de los panes ((S. Juan 6,14), y algunos el último día de la fiesta al discutir acerca de él (S. Juan 7,40); y Jesús acepta ésta denominación cuando dice que Moisés escribió acerca de él (S. Juan 5,46).

 


EL TITULO DEL HIJO DEL HOMBRE. Jesús se impone a sí mismo el título del "Hijo del hombre"; es así que el título del "Hijo del hombre" es un título mesiánico. Luego Jesús se impone a sí mismo un título mesiánico.

 

La mayor consta por la lectura de los evangelios, donde se ve que Jesús se impone a sí este nombre desde el comienzo de su vida pública; y que tal nombre se usa solamente tratándose de Jesús y no de otro; y que aparece solamente en boca de Jesús (si hacemos excepción de los textos de S. Lucas 24,7; y de S. Juan 12,34, los cuales no obstante refieren las palabras mismas de Jesús):

 

S.Mateo 8,20; 9,6; 10,23; 11,19; 12,8.32.40;13,37.41; 16,13.27s;17,9.12.22;[18,11]; 19,28; 20,18.28; 24,27.30 [acerca de la venida del Hijo del hombre en las nubes del cielo con gran poder y majestad]; 37.39.44; 25.31 [sobre la venida del Hijo del hombre en su majestad para juzgar a los hombres]; 26,2.24.45.64 [anuncia en presencia de Caifás al Hijo del hombre sentado a la diestra del poder de Dios y viniendo en las nubes del cielo].

 

S. Marcos 2,10.28; 8,31.38; 9,9.12.31; 10,33.45; 13,26; 14,21.41.62.

 

S. Lucas 5,24; 6,5.22; 7,34; 9,22.26.44. [56].58; 11,30; 12,8.10.40; 17,22.24.26.30; 18,8.31; 19,10; 21,27.36; 22,22.48.69; 24,7.




 

S. Juan 1,51; 3,13.14; 5,27 [el Padre dio al Hijo la potestad de juzgar, ya que es el Hijo del Hombre]; 6,27.53.62; 8,28; 12,23 [viene la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado; V.32.33: "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Decía esto dando a entender que clase de muerte iba a morir). 34 [La gente se extraña de que, siendo así que Cristo permanece eternamente, sea menester el que el Hijo del hombre deba ser levantado en alto]; 13,31.

 


OBJECIONES.

 

1. A veces parece que Jesús no aceptó la dignidad y los honores mesiánicos. Y así huye sólo al monte, cuando las turbas reconocen que El es en verdad aquél profeta que va a venir al mundo, y cuando quieren hacerle rey (S. Juan 6,14s); de forma semejante después de haber realizado milagros en Cafarnaúm se marchó al desierto, a pesar de que las turbas le buscaban (S. Marcos 1,35-38). Igualmente prohíbe que se divulguen sus milagros con los que fácilmente sería reconocido como Mesías (S. Marcos 1,43s; 5,43; 7,36; 8,26; S. Mateo 9,30).

 

Respuesta: En estos textos Jesús no niega su mesianidad ni tampoco los testimonios aducidos por Él acerca de dicha mesianidad; sino que ciertamente se indica una cierta cautela en el modo de proceder a saber para evitar los levantamientos políticos del pueblo, y para que no pareciera que El aprobaba las ideas terrenas que tenían acerca del Mesías. De éste modo procedía también gradualmente hasta tanto que quedara fijado el sentido con el que quería ser reconocido como el Mesías; y al mismo tiempo para evitar las envidias de los adversarios. No obstante si no había por qué temer éstos peligros, a veces él mismo exhortaba a que el milagro fuera hecho público (S.Marcos 5,19) y a que fuera reconocido (S.Lucas 17,18).

 

2. Jesús no permitía tampoco el que los demonios dijeran que El era el Cristo (S.Marcos 1,25.34; 3,12).

 

Respuesta: De este modo hubiera podido fácilmente surgir la sospecha acerca de trato con ellos; y de hecho hubo calumnias acerca de que echaba los demonios con el poder de Belzebú (Véase, S. Marcos 3,22-30), y esto no mucho después. Además podía parecer inconveniente el que fuera proclamado Mesías por los demonios mismos.

 

3. Jesús también ordenó a sus discípulos "Que no dijeran a nadie el que El era Jesucristo" (S. Mateo, 16,20; S. Marcos 8,30; S. Lucas 9,21).

 

Respuesta: Esta prohibición no es definitiva, sino hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos cuando se hablaba acerca de la visión de la transfiguración (S. Mateo 17,9). Y esta prohibición fue hecha cuando su mesianidad fue ya propuesta de forma abundante al pueblo y fue rechazada; ahora bien el Señor no quería excitar más el odio de los príncipes ni provocar un clamor popular inútil e inoportuno.

 

4. En cuanto al nombre del Hijo del Hombre puede parecer extraño el que no aparezca con frecuencia en otros libros del Nuevo Testamento, a excepción de los evangelios.

 

Respuesta: Los evangelios son fuentes totalmente históricas y esto se ve mucho más en este nombre empleado por Jesús, el cual aparece con tanta frecuencia en ellos. Ahora bien si otros libros del Nuevo Testamento no lo emplean, puede ser por el hecho de que los paganos no tenían tanto conocimiento de la profecía de Daniel, a la cual hacía alusión; y además por el hecho de que mediante el nombre del Hijo de Dios quedaba mejor inculcada la filiación divina del Mesías, la cual es la que más debía proponerse a los paganos. Además aquélla expresión tenía un sabor a la forma y a la índole aramea de la lengua, más que a la forma griega.

 

5. En S.Juan 5,27 encontramos en el texto griego Hijo del Hombre sin el artículo que determine a la persona individual.

 

Respuesta: Es verdad ciertamente, sin embargo por el conjunto de todos los textos y por el tema del cual se trata en S.Juan 5,27 consta suficientemente que se trata de una persona totalmente determinada; y de éste modo la potestad de juzgar que se le otorga, no es por ser simplemente hombre (entendido en sentido genérico o sentido poético), sino por ser tal hombre determinado, a saber el Mesías.

 

Y "porque si alguien se avergonzare de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (S. Marcos 8,38).


(SUMA DE LA SAGRADA  TEOLOGÍA ESCOLÁSTICA, MERCABA)

martes, 17 de febrero de 2026

EL PRINCIPIO ANTRÓPICO MANUEL CARREIRA, SJ

 


A partir de la década de los treinta se da una reacción que afirma, cada vez con argumentos más fuertes y detallados, que el hombre está en un tiempo y en un lugar atípicos y privilegiados en muchos aspectos.

No solo debemos dar razón de que el universo exista, sino de que exista de tal manera y con tales propiedades que la vida inteligente pueda desarrollarse en él. Tal es la razón de que se formule el principio antrópico, en que el hombre aparece como condición determinante de que el universo sea como es.

Las primeras sugerencias de una conexión entre vida inteligente y las propiedades del universo en su momento actual aparecen en las relaciones adimensionales hechas notar por Eddington: la razón de intensidad entre fuerza electromagnética y fuerza gravitatoria, entre la edad del universo y el tiempo en que la luz cruza el diámetro clásico de un electrón, entre el radio del universo observable y el tamaño de una partícula subatómica, nos da cifras del orden de diez elevado a la potencia 40. 

El número de partículas nucleares en todo el cosmos se estima como el cuadrado de ese mismo número. ¿Son éstas coincidencias pueriles o esconden un significado profundo? Cualquier variación en los parámetros fundamentales de la materia  llevaría en sus consecuencias calculables a una imposibilidad de evolución hasta el nivel humano. 

Por tanto, el universo debe poseer desde su primer instante las condiciones que permitirán su evolución hacia la vida y su realización en algún momento de su historia: es el principio antrópico fuerte.

Al hacer un resumen de las diversas formulaciones del principio antrópico, podemos aceptar su denominador común: el universo tiene características, al parecer no impuestas por ninguna necesidad física previa, gracias a las cuales es posible la vida inteligente, al menos en nuestro planeta. 

Si nos preguntamos por la razón de que así sea, aparecen como posibles dos soluciones: o bien nuestro universo las tiene “por casualidad” o porque ha sido diseñado para nuestra existencia. Veamos las implicaciones de ambas con un análisis cuidadoso del significado de cada concepto y de sus consecuencias físicas y filosóficas.

EL AZAR COMO ALTERNATIVA

Aceptar que todos los parámetros físicos iniciales tienen el conjunto de valores y relaciones que permiten la vida futura sólo por casualidad, no tiene sentido en el caso de un solo universo, pues el azar es correlativo de la probabilidad de diversos resultados en muchos casos similares. 

Los proponentes de esta solución acuden, en consecuencia, a la hipótesis de infinitos universos, simultáneos, o consecutivos. La inmensa mayoría de ellos serán estériles, pues es mucho más probable cualquier variación incompatible con la vida que la coincidencia de todos los parámetros adecuados. Pero en tal conjunto infinito deben darse todas las posibilidades, incluyendo el universo que habitamos: nuestra existencia es el resultado lógico de la infinita variabilidad de condiciones iniciales que no “prevén” al hombre, sino que llevan a él necesariamente en algún lugar y momento.

La infinitud sucesiva de universos se sugiere como modo de evitar también los problemas de origen y de fin. En un universo cerrado, cuya expansión da lugar a contracción y colapso, se espera un nuevo Big Bang al final de cada ciclo, con una restructuración de todas las propiedades físicas, desde la dimensionalidad del espacio hasta el número, tipo de fuerzas y de partículas elementales, pero resulta que ni los datos experimentales ni las teorías aceptables permiten el colapso, ni es evitable un total derrumbe de la materia en un agujero negro en caso de ocurrir.

Tampoco hay base científica para sugerir un rebote explosivo del agujero negro: no hay un paralelismo entre el Big Bang, que ocurre sin espacio circundante ni etapa difusa previa, y el supuesto rebote en un espacio ya existente y después de una contracción impuesta por la atracción gravitatoria entre las grandes masas de los cúmulos de las galaxias, cuya velocidad llegaría a frenarse totalmente antes de comenzar la segunda parte del ciclo. 

La radiación no es frenada y cada ciclo comenzaría con un porcentaje menor de masa y con más radiación como resultado de la evolución estelar.

De esta manera se excluye la posibilidad de infinitos ciclos en el pasado (incompatibles con la entropía del universo en la actualidad), y se debe predecir un universo abierto después de un número finito de ciclos en el futuro. 

Así lo demostraron Tolman —hace más de 60 años— y más tarde Novikov y Zeldovich, Dicke y Peebles.

No es tampoco aceptable como teoría física la de Hawking, de un universo sin principio ni fin, porque es cíclico en un “tiempo imaginario”. El mismo Hawking admite que en el tiempo real el universo tuvo principio, mientras siguen con todo su valor las medidas de densidad y otros parámetros que precluyen el colapso.


UN CREADOR QUE DISEÑA EL UNIVERSO

Queda pues, como única solución explícita a la adecuación del universo para la vida inteligente, admitir que sus características han sido diseñadas para este fin. 

Entra así en la discusión el concepto de finalidad, algo intangible, no cuantificante ni explicable por ninguna ecuación o actividad de las cuatro fuerzas de la materia. 

Deja de tratarse de un principio físico, pues no conduce a ninguna predicción experimentalmente verificable. Nos encontramos en el terreno de la metafísica, aunque los datos que nos llevan a su formulación provengan del estudio de la realidad material a todos los niveles.

Wheeler, uno de los más prestigiosos físicos actuales, propone la siguiente cadena de raciocinio, punto de partida de su principio antrópico participatorio:

La propiedad más básica y universal de la materia es la mutabilidad. Ésta implica la ajustabilidad. Y todo lo que es ajustable, debe ser ajustado para que sea de una manera concreta. Por tanto, el universo fue ajustado en sus primeros instantes. Comoel ajuste es lo más restrictivo cuando se exige que el universo alcance la estructuración que permite la vida inteligente, hay que concluir que ya desde el primer momento todos los parámetros se ordenan a la existencia del hombre.

Cuando se pregunta por el autor de este “ajuste”, Wheeler recurre al concepto de “observador cuántico”, que causa el colapso de la onda de probabilidad que describe a un sistema, y vuelve “real” uno de sus posibles estados. Y así llega a la sorprendente afirmación de una causalidad circular: el hombre, conociendo al universo, determina cómo fue éste en su comienzo, para que luego pueda aparecer él, que va a ser responsable de ese ajuste inicial. 

Realmente es un modo de razonar jamás visto en ciencia alguna, aunque busque su apoyo en los experimentos cuánticos de selección posterior, explicada por algunos autores por una especie de causalidad retroactiva. Pero nunca se sugiere que tal causación, aun si se acepta, condicione la misma existencia del observador que la produce.

Para Wheeler, sólo es “real” un universo que es observado, pero no explica ni el concepto de “real” ni tampoco quién es responsable de la observación o en qué momento. 

Parece arbitrario afirmar que es “el hombre” el que ejercita su papel de observador, cuando aun hoy la casi totalidad de la población humana sería incapaz hasta de comprender qué debe observar y cómo debe determinar las constantes físicas en un pasado desconocido de hace 15 eones. 

 Hemos llegado a la médula del problema: lo que Wheeler formula y presenta como mutabilidad es una manifestación de la contingencia, concepto filosófico que afirma la incapacidad esencial de existir por sí mismo de todo aquello que es cambiante. Solamente un Ser necesario, inmutable, no material, sin limitación alguna, puede existir por su propia esencia, y puede dar razón suficiente de que exista lo que no es necesario sino contingente.

Así llegamos a la última posible interpretación del principio antrópico: el universo ha sido ajustado por su creador, ya desde el primer momento, con la finalidad de que su evolución lleve a condiciones compatibles con la vida y su desarrollo hasta el máximo nivel en la vida inteligente. Con tal afirmación se da una razón suficiente de que “exista algo en lugar de nada”: el creador busca últimamente la existencia de seres inteligentes dentro del mundo de la materia. Es sorprendente que sea la física la que nos lleva a este punto de vista.

CREACIÓN Y FINALIDAD

Todo agente que actúa de manera inteligente lo hace por un fin, conocido y querido y que determina los medios para alcanzarlo. El creador de potencia infinita, que puede dar el ser al universo en un paso total de nada a algo, debe conocer todas las posibilidades de una infinitud de universos potenciales, y elegir entre ellos aquel que se ajusta a un fin determinado con libertad, pues no se trata de una actividad de emanación necesaria o de desarrollo interno “dialéctico” de algo cambiante en su ser intrínseco, sino de creación estricta de una realidad de orden inferior.

Es una inteligencia infinita la que prevé todas las consecuencias de cada posible variación de parámetros físicos, en toda la historia ilimitada de cada partícula y sus combinaciones. Y es una voluntad libre la que elige crear uno de esos conjuntos materiales, con prioridades y leyes adecuadas para que se obtenga el fin previsto como resultado cierto de la actividad de que se dota a la materia en el momento de crearla. 

El creador no tiene que acudir a remediar fallos en la evolución de su obra, ni puede ser sorprendido por ninguna etapa de su desarrollo que va a ocurrir en todo momento gracias a la acción conservadora de lo que, de otro modo, volvería de forma instantánea a la nada.

Dice Pagels que el principio antrópico es lo más que pueden acercarse algunos científicos ateos a la admisión de un Dios creador, pero por quedarse corto en sus afirmaciones, deja de manera simultánea de ser científico y de dar una respuesta filosófica. En cambio, dice él, puede uno ser más explícito y consecuente afirmando el principio antrópico teístico: el universo parece hecho a la medida del hombre porque ha sido, realmente, hecho para el hombre. 

La ciencia no prueba la existencia de Dios creador, pero sienta las bases para un raciocinio metafísico que lleva lógicamente a Él. Y no es éste un concepto abstracto de una “totalidad cósmica” o una “naturaleza” personificada en forma mitológica, ni tampoco un Dios que crea como un ejercicio banal de su potencia y no se preocupa del hombre, sino un Dios personal, inteligente y libre, cuyo crear es, en última instancia, un acto de benevolencia y amor, que no impone la actividad creativa, pero es razón suficiente de ella: el bien tiende a comunicarse a otros.

Sólo desde este punto de vista puede justificarse también la existencia de un universo cuya evolución futura lleva, inexorablemente, a la destrucción de todas las estructuras y condiciones que hacen posible la vida. Para que el universo no sea “una broma de mal gusto” hay que salvar de la futilidad la misma existencia del hombre, hacia el cual va dirigida su creación. 

En la relación personal del hombre con Dios, toda la realidad material se vuelve hacia su creador, porque el hombre, inteligente y libre, es “imagen y semejanza” suya, capaz de reconocer y agradecer su existencia y la de todo lo que le rodea y ha hecho posible su vida misma. En esta respuesta encontramos algo nuevo, por encima de la simple belleza de fuegos artificiales de estrellas y galaxias, que han cumplido su cometido al preparar la venida del ser humano.

Pero aun así tiene que aparecer sin suficiente valor la actividad humana, si también ella es algo fugaz y destinada a la disolución final. La respuesta total debe encontrarse en el hecho indudable de la presencia en el hombre de una actividad nueva (que no puede reducirse a las cuatro fuerzas que definen a la materia): conciencia, pensamiento abstracto, actos libres. Su única explicación lógica es la admisión de una realidad no material, aunque íntimamente unida a la materia y condicionada por ella en su proceder. Y lo que no es material puede, en principio, seguir existiendo aunque la materia se desmorone. Ni la física ni la filosofía pueden ir más allá, pero ya esto basta para salvar al universo de ser absurdo: ha permitido que exista una realidad no material, no limitada por el marco de espacio-tiempo propio de la materia, y capaz de sobrevivir a su destrucción en un no tiempo inimaginable. 

Más todavía nos promete la teología cristiana, apoyada en la revelación: la materia misma, parte esencial del hombre, se salvará de la futilidad en la resurrección.

(Manuel Carreira, sacerdote jesuita, teólogo, filósofo y astrofísico español;​ miembro del Observatorio Vaticano)

LOS ATEOS NO CREEN EN DIOS PORQUE NO LO CONOCEN

  Gran parte de la crítica atea moderna se basa en una comprensión equivocada de Dios como la instancia suprema dentro de la categoría del s...