Al analizar brevemente la afirmación protestante según la cual “no hay más revelación ni autoridad doctrinal que la contenida en la Biblia”, vemos claramente que esta doctrina no es bíblica. En ningún lugar la Biblia dice eso, es más, la Biblia dice lo contrario, como podemos leer en diversos textos, por ejemplo, cuando San Juan escribe al final de su Evangelio: Hay, además de éstas, otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo que cabrían los libros que se escribieran (Jn 21,25). Y finalizando su tercera carta escribe: Muchas cosas tenía que escribirte, mas no quiero escribirte con tinta y pluma; mas espero verte pronto, y hablaremos de viva voz (3Jn 13-14).
San Pablo, por su parte, manda que se transmita lo que se oyó: Lo que oíste de mí, garantizado por muchos testigos, esto confíalo a hombres fieles, quienes sean idóneos para enseñar a su vez a otros (2Tim 2,2); Conserva sin detrimento la forma de las palabras sanas que de mí oíste (2Tim 1,13). Por esto también nosotros damos gracias a Dios incesantemente de que, habiendo vosotros recibido la palabra de Dios, que de nosotros oísteis, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino tal cual es verdaderamente, como palabra de Dios (1Tes 2,15); Os recomendamos, hermanos, en el hombre de nuestro Señor Jesucristo, que os retraigáis de todo hermano que ande desconcertadamente y no según la tradición que recibieron de nosotros (2Tes 3,6).
En la misma Biblia aparece indicado el valor de la tradición que viene de los apóstoles y la obligación de seguirla, como dice San Pablo: Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo. Os alabo porque en todas las cosas os acordáis de mí y conserváis las tradiciones tal como os las he transmitido (1Co 11,1-2).
La traducción protestante de la Biblia de Reina-Valera traduce “instrucciones”, para evitar usar la palabra “tradiciones”, término correcto para traducir la palabra empleada por el apóstol (parédoka-parádoesis) tradiciones que os transmití. ¿Por qué se ha cambiado la Palabra de Dios? La palabra griega para instrucciones es, entre otras, paideia, pero ésta nunca sustituye a la palabra tradición. La palabra griega para definir “tradición” es paradosis. Y el mismo Libro de Concordancias sobre el Nuevo Testamento Griego-Español, compilado por Jorge G. Parker y basado en la revisión de 1960 de la Reina-Valera (editado por la editora protestante “Mundo Hispano”), reconoce en su punto 3268 que la palabra paradosis es la utilizada en el pasaje de 1Co 11,1-2.
El cambio ha sido hecho voluntariamente, por la incomodidad de esta expresión que recuerda uno de los errores fundamentales del protestantismo. En otras versiones protestantes la palabra tradición es cambiada por “doctrina”, pero doctrina se expresa en los términos didascalia, didaje, heterodidaskaleo, los cuales no son empleados en este texto ni tampoco sustituyen o suplen por “tradición”.
Cuando la Iglesia católica enseña que la Revelación divina nos llega a través de dos fuentes, la Sagrada Escritura (Biblia) y la Tradición, por esta segunda no se refiere a las distintas interpretaciones u opiniones de escuelas teológicas nacidas ya sea en los primeros tiempos o a lo largo de la historia eclesiástica. Se trata de la Tradición Apostólica, como se puede ver, por ejemplo, en el Catecismo de la Iglesia católica: “la Tradición de la que aquí hablamos es la que viene de los apóstoles y transmite lo que éstos recibieron de las enseñanzas y del ejemplo de Jesús y lo que aprendieron por el Espíritu Santo”. Esto, incluso, es de sentido común: toda nuestra fe se basa en la tradición o transmisión que se remonta a los apóstoles.
La misma Biblia es parte de esa tradición. Los apóstoles no recibieron de Jesús ningún libro escrito y la mayoría de los apóstoles (todos los cuales recibieron el mandato de “ir y enseñar” por todo el mundo) no escribieron nada, sólo predicaron; los primeros cristianos no tuvieron en los primeros años ningún escrito, comenzaron primero algunas cartas de los apóstoles, luego se pusieron por escrito algunos de los Evangelios, y todo esto incluso no llegaba a todos los cristianos; algunos conocían unos textos y desconocían otros, o sabían de su existencia (como sabían que los corintios o los efesios habían recibido cartas de San Pablo pero no tenían copias).
Muchos cristianos vivieron, crecieron y murieron sin tener textos escritos; y muchos que podían entrar en contacto con ellos, no encontraban ninguna utilidad en los mismos por ser analfabetos y no poder leerlos. La doctrina cristiana se transmitió, pues, de modo oral, como Tradición (tradición, paradosis en griego, significa entrega, traspaso de una doctrina).
Al poner por escrito, algunos de ellos o sus colaboradores (como Marcos respecto de la predicación de Pedro y Lucas de la de Pablo), la enseñanza oral y la transmisión no se frenó. Es más, como ya hemos aducido más de una vez, algunos de ellos, como Juan, se apuraron a decir que no estaban en esos escritos contenidos todos los hechos y dichos de Nuestro Señor, y que muchas de las verdades enseñadas por Jesús preferían ellos mismos transmitirlas oralmente "Muchas cosas tenía que escribirte, mas no quiero escribirte con tinta y pluma; mas espero verte pronto, y hablaremos de viva voz" (3Jn 13-14).
Los Apóstoles confiaron ambas cosas, sus escritos (parte de la Biblia) y sus enseñanzas orales, a la Iglesia, es decir, a sus sucesores. Todo esto que fue confiado lo llamamos depósito de la fe o depósito sagrado, usando las expresiones de San Pablo (1Tim 6,20: Timoteo, guarda el depósito; 2Tim 1,12-14: Estoy convencido de que –Dios– es poderoso para guardar mi depósito hasta aquel Día. Ten por norma las palabras sanas que oíste de mí en la fe y en la caridad de Cristo Jesús. Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros).
El Magisterio de la Iglesia, es decir, el oficio de magisterio o enseñanza, que desempeñan principalmente los sucesores de los Apóstoles y de modo especial Pedro, no está por encima de lo que ha sido transmitido sino que su función es conservar, enseñar (según el mandato de Cristo, que no se agotó en los apóstoles), custodiar y defender, e interpretar (como indica el mismo Pedro en 2Pe, 1,20-21: Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios).
La negación de una tradición como fuente de autoridad divina y de su poder de interpretación autorizada de la palabra de Dios, ha llevado a sus negadores a interminables disputas y a la anarquía doctrinal, y, en algunos casos, a la negación de todo dogma. Los escritos apostólicos y los libros que nosotros llamamos Antiguo Testamento circularon (junto a otros escritos, algunos atribuidos equivocadamente a algún apóstol, otros de algunos de los primeros Padres de la Iglesia) por separado casi durante los primeros cuatro siglos. Recién en el año 393 tenemos la más antigua –que conozcamos– decisión oficial de la Iglesia católica (era la única que existía), sobre la lista de los libros canónicos, indicando que “al margen de las Escrituras canónicas no se transmita en la Iglesia ningún otro libro como si fuese parte de las Escrituras divinas”; y a continuación se da el catálogo completo de los Libros Sagrados.
Pocos años más tarde, los obispos reunidos en el Concilio de Cartago (norte de África) reiteraron este mismo canon, es decir, determinaron –con la autoridad que ellos reconocían tener heredada de los Apóstoles– cuáles escrituras eran Apostólicas y cuáles no. Ni Jesús ni los Apóstoles habían dejado ninguna lista de los libros inspirados por Dios; ni hacía falta, porque había dotado a su Iglesia del poder de discernir infaliblemente en este tema.
Quien duda de la Iglesia (de su autoridad sobre el canon de la Biblia) termina por dudar de la misma Biblia. San Agustín decía con razón: “no creería en el Evangelio si no fuera por la Iglesia”. Baste lo dicho para comprender por qué la Tradición no se opone a la Sagrada Escritura, y por qué tendríamos toda la razón de responder a las preguntas protestantes (“¿dónde dice la Biblia que...?”) diciéndoles: “¿Y por qué tendría que estar necesariamente en la Biblia? ¿No puede estar, acaso en la Tradición, donde estuvo también la Biblia antes de ser puesta por escrito y antes de ser determinado qué era parte de la Biblia y qué no lo era?”.
(Tomado del libro: ¿En dónde dice la Biblia que...? Respondiendo las principales objeciones de las sectas y de los protestantes, de Miguel Ángel Fuentes, IVE)












