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martes, 17 de febrero de 2026

EL PRINCIPIO ANTRÓPICO MANUEL CARREIRA, SJ

 


A partir de la década de los treinta se da una reacción que afirma, cada vez con argumentos más fuertes y detallados, que el hombre está en un tiempo y en un lugar atípicos y privilegiados en muchos aspectos.

No solo debemos dar razón de que el universo exista, sino de que exista de tal manera y con tales propiedades que la vida inteligente pueda desarrollarse en él. Tal es la razón de que se formule el principio antrópico, en que el hombre aparece como condición determinante de que el universo sea como es.

Las primeras sugerencias de una conexión entre vida inteligente y las propiedades del universo en su momento actual aparecen en las relaciones adimensionales hechas notar por Eddington: la razón de intensidad entre fuerza electromagnética y fuerza gravitatoria, entre la edad del universo y el tiempo en que la luz cruza el diámetro clásico de un electrón, entre el radio del universo observable y el tamaño de una partícula subatómica, nos da cifras del orden de diez elevado a la potencia 40. 

El número de partículas nucleares en todo el cosmos se estima como el cuadrado de ese mismo número. ¿Son éstas coincidencias pueriles o esconden un significado profundo? Cualquier variación en los parámetros fundamentales de la materia  llevaría en sus consecuencias calculables a una imposibilidad de evolución hasta el nivel humano. 

Por tanto, el universo debe poseer desde su primer instante las condiciones que permitirán su evolución hacia la vida y su realización en algún momento de su historia: es el principio antrópico fuerte.

Al hacer un resumen de las diversas formulaciones del principio antrópico, podemos aceptar su denominador común: el universo tiene características, al parecer no impuestas por ninguna necesidad física previa, gracias a las cuales es posible la vida inteligente, al menos en nuestro planeta. 

Si nos preguntamos por la razón de que así sea, aparecen como posibles dos soluciones: o bien nuestro universo las tiene “por casualidad” o porque ha sido diseñado para nuestra existencia. Veamos las implicaciones de ambas con un análisis cuidadoso del significado de cada concepto y de sus consecuencias físicas y filosóficas.

EL AZAR COMO ALTERNATIVA

Aceptar que todos los parámetros físicos iniciales tienen el conjunto de valores y relaciones que permiten la vida futura sólo por casualidad, no tiene sentido en el caso de un solo universo, pues el azar es correlativo de la probabilidad de diversos resultados en muchos casos similares. 

Los proponentes de esta solución acuden, en consecuencia, a la hipótesis de infinitos universos, simultáneos, o consecutivos. La inmensa mayoría de ellos serán estériles, pues es mucho más probable cualquier variación incompatible con la vida que la coincidencia de todos los parámetros adecuados. Pero en tal conjunto infinito deben darse todas las posibilidades, incluyendo el universo que habitamos: nuestra existencia es el resultado lógico de la infinita variabilidad de condiciones iniciales que no “prevén” al hombre, sino que llevan a él necesariamente en algún lugar y momento.

La infinitud sucesiva de universos se sugiere como modo de evitar también los problemas de origen y de fin. En un universo cerrado, cuya expansión da lugar a contracción y colapso, se espera un nuevo Big Bang al final de cada ciclo, con una restructuración de todas las propiedades físicas, desde la dimensionalidad del espacio hasta el número, tipo de fuerzas y de partículas elementales, pero resulta que ni los datos experimentales ni las teorías aceptables permiten el colapso, ni es evitable un total derrumbe de la materia en un agujero negro en caso de ocurrir.

Tampoco hay base científica para sugerir un rebote explosivo del agujero negro: no hay un paralelismo entre el Big Bang, que ocurre sin espacio circundante ni etapa difusa previa, y el supuesto rebote en un espacio ya existente y después de una contracción impuesta por la atracción gravitatoria entre las grandes masas de los cúmulos de las galaxias, cuya velocidad llegaría a frenarse totalmente antes de comenzar la segunda parte del ciclo. 

La radiación no es frenada y cada ciclo comenzaría con un porcentaje menor de masa y con más radiación como resultado de la evolución estelar.

De esta manera se excluye la posibilidad de infinitos ciclos en el pasado (incompatibles con la entropía del universo en la actualidad), y se debe predecir un universo abierto después de un número finito de ciclos en el futuro. 

Así lo demostraron Tolman —hace más de 60 años— y más tarde Novikov y Zeldovich, Dicke y Peebles.

No es tampoco aceptable como teoría física la de Hawking, de un universo sin principio ni fin, porque es cíclico en un “tiempo imaginario”. El mismo Hawking admite que en el tiempo real el universo tuvo principio, mientras siguen con todo su valor las medidas de densidad y otros parámetros que precluyen el colapso.


UN CREADOR QUE DISEÑA EL UNIVERSO

Queda pues, como única solución explícita a la adecuación del universo para la vida inteligente, admitir que sus características han sido diseñadas para este fin. 

Entra así en la discusión el concepto de finalidad, algo intangible, no cuantificante ni explicable por ninguna ecuación o actividad de las cuatro fuerzas de la materia. 

Deja de tratarse de un principio físico, pues no conduce a ninguna predicción experimentalmente verificable. Nos encontramos en el terreno de la metafísica, aunque los datos que nos llevan a su formulación provengan del estudio de la realidad material a todos los niveles.

Wheeler, uno de los más prestigiosos físicos actuales, propone la siguiente cadena de raciocinio, punto de partida de su principio antrópico participatorio:

La propiedad más básica y universal de la materia es la mutabilidad. Ésta implica la ajustabilidad. Y todo lo que es ajustable, debe ser ajustado para que sea de una manera concreta. Por tanto, el universo fue ajustado en sus primeros instantes. Comoel ajuste es lo más restrictivo cuando se exige que el universo alcance la estructuración que permite la vida inteligente, hay que concluir que ya desde el primer momento todos los parámetros se ordenan a la existencia del hombre.

Cuando se pregunta por el autor de este “ajuste”, Wheeler recurre al concepto de “observador cuántico”, que causa el colapso de la onda de probabilidad que describe a un sistema, y vuelve “real” uno de sus posibles estados. Y así llega a la sorprendente afirmación de una causalidad circular: el hombre, conociendo al universo, determina cómo fue éste en su comienzo, para que luego pueda aparecer él, que va a ser responsable de ese ajuste inicial. 

Realmente es un modo de razonar jamás visto en ciencia alguna, aunque busque su apoyo en los experimentos cuánticos de selección posterior, explicada por algunos autores por una especie de causalidad retroactiva. Pero nunca se sugiere que tal causación, aun si se acepta, condicione la misma existencia del observador que la produce.

Para Wheeler, sólo es “real” un universo que es observado, pero no explica ni el concepto de “real” ni tampoco quién es responsable de la observación o en qué momento. 

Parece arbitrario afirmar que es “el hombre” el que ejercita su papel de observador, cuando aun hoy la casi totalidad de la población humana sería incapaz hasta de comprender qué debe observar y cómo debe determinar las constantes físicas en un pasado desconocido de hace 15 eones. 

 Hemos llegado a la médula del problema: lo que Wheeler formula y presenta como mutabilidad es una manifestación de la contingencia, concepto filosófico que afirma la incapacidad esencial de existir por sí mismo de todo aquello que es cambiante. Solamente un Ser necesario, inmutable, no material, sin limitación alguna, puede existir por su propia esencia, y puede dar razón suficiente de que exista lo que no es necesario sino contingente.

Así llegamos a la última posible interpretación del principio antrópico: el universo ha sido ajustado por su creador, ya desde el primer momento, con la finalidad de que su evolución lleve a condiciones compatibles con la vida y su desarrollo hasta el máximo nivel en la vida inteligente. Con tal afirmación se da una razón suficiente de que “exista algo en lugar de nada”: el creador busca últimamente la existencia de seres inteligentes dentro del mundo de la materia. Es sorprendente que sea la física la que nos lleva a este punto de vista.

CREACIÓN Y FINALIDAD

Todo agente que actúa de manera inteligente lo hace por un fin, conocido y querido y que determina los medios para alcanzarlo. El creador de potencia infinita, que puede dar el ser al universo en un paso total de nada a algo, debe conocer todas las posibilidades de una infinitud de universos potenciales, y elegir entre ellos aquel que se ajusta a un fin determinado con libertad, pues no se trata de una actividad de emanación necesaria o de desarrollo interno “dialéctico” de algo cambiante en su ser intrínseco, sino de creación estricta de una realidad de orden inferior.

Es una inteligencia infinita la que prevé todas las consecuencias de cada posible variación de parámetros físicos, en toda la historia ilimitada de cada partícula y sus combinaciones. Y es una voluntad libre la que elige crear uno de esos conjuntos materiales, con prioridades y leyes adecuadas para que se obtenga el fin previsto como resultado cierto de la actividad de que se dota a la materia en el momento de crearla. 

El creador no tiene que acudir a remediar fallos en la evolución de su obra, ni puede ser sorprendido por ninguna etapa de su desarrollo que va a ocurrir en todo momento gracias a la acción conservadora de lo que, de otro modo, volvería de forma instantánea a la nada.

Dice Pagels que el principio antrópico es lo más que pueden acercarse algunos científicos ateos a la admisión de un Dios creador, pero por quedarse corto en sus afirmaciones, deja de manera simultánea de ser científico y de dar una respuesta filosófica. En cambio, dice él, puede uno ser más explícito y consecuente afirmando el principio antrópico teístico: el universo parece hecho a la medida del hombre porque ha sido, realmente, hecho para el hombre. 

La ciencia no prueba la existencia de Dios creador, pero sienta las bases para un raciocinio metafísico que lleva lógicamente a Él. Y no es éste un concepto abstracto de una “totalidad cósmica” o una “naturaleza” personificada en forma mitológica, ni tampoco un Dios que crea como un ejercicio banal de su potencia y no se preocupa del hombre, sino un Dios personal, inteligente y libre, cuyo crear es, en última instancia, un acto de benevolencia y amor, que no impone la actividad creativa, pero es razón suficiente de ella: el bien tiende a comunicarse a otros.

Sólo desde este punto de vista puede justificarse también la existencia de un universo cuya evolución futura lleva, inexorablemente, a la destrucción de todas las estructuras y condiciones que hacen posible la vida. Para que el universo no sea “una broma de mal gusto” hay que salvar de la futilidad la misma existencia del hombre, hacia el cual va dirigida su creación. 

En la relación personal del hombre con Dios, toda la realidad material se vuelve hacia su creador, porque el hombre, inteligente y libre, es “imagen y semejanza” suya, capaz de reconocer y agradecer su existencia y la de todo lo que le rodea y ha hecho posible su vida misma. En esta respuesta encontramos algo nuevo, por encima de la simple belleza de fuegos artificiales de estrellas y galaxias, que han cumplido su cometido al preparar la venida del ser humano.

Pero aun así tiene que aparecer sin suficiente valor la actividad humana, si también ella es algo fugaz y destinada a la disolución final. La respuesta total debe encontrarse en el hecho indudable de la presencia en el hombre de una actividad nueva (que no puede reducirse a las cuatro fuerzas que definen a la materia): conciencia, pensamiento abstracto, actos libres. Su única explicación lógica es la admisión de una realidad no material, aunque íntimamente unida a la materia y condicionada por ella en su proceder. Y lo que no es material puede, en principio, seguir existiendo aunque la materia se desmorone. Ni la física ni la filosofía pueden ir más allá, pero ya esto basta para salvar al universo de ser absurdo: ha permitido que exista una realidad no material, no limitada por el marco de espacio-tiempo propio de la materia, y capaz de sobrevivir a su destrucción en un no tiempo inimaginable. 

Más todavía nos promete la teología cristiana, apoyada en la revelación: la materia misma, parte esencial del hombre, se salvará de la futilidad en la resurrección.

(Manuel Carreira, sacerdote jesuita, teólogo, filósofo y astrofísico español;​ miembro del Observatorio Vaticano)

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