Los cristianos no católicos no pueden fundamentar el uso que hacen de la Biblia:
Quienes se hayan enfrentado a “misioneros” de iglesias protestantes y, sobre todo, a miembros de sectas que se autodenominan cristianas, habrán advertido que los mismos ponen innumerables objeciones a los católicos exigiéndoles defenderse con la Biblia en la mano (“¿dónde dice la Biblia que María fue virgen, o que se debe llamar padre al sacerdote, o que hay que adorar las imágenes, etc., etc.”?). Algunos católicos incautos o mal (in)formados caen en el ardid de estas personas (aclaro que no juzgo sus intenciones, las cuales en muchos casos pueden ser buenas) bajando a su terreno e intentando contestar sus preguntas o fundamentar nuestros dogmas; en la inmensa mayoría de los casos no son escuchados o reciben por toda respuesta una nueva objeción. Los protestantes, por su parte, apabullan muchas veces con citas bíblicas que parecen –al menos por el uso que se hace de ellas– contradecir alguna verdad católica. Esto es muy mala táctica y nos hace entrar en el juego que estas personas buscan.
En realidad, el católico debe comenzar por exigirles a estas personas que fundamenten con qué derecho ellos usan la Biblia; si nos piden que digamos en qué lugar de la Biblia se encuentra indicada tal o cual verdad, tal o cual práctica, ellos deben primero explicarnos y fundamentarnos por qué eso debe estar en la Biblia.
Nos dirán que porque la Biblia es Palabra de Dios (lo que todo católico acepta); el problema es que el protestante no puede demostrar que la Biblia sea Palabra de Dios y por tanto, no tiene derecho a usarla en contra de los católicos.
Los católicos, en cambio, sí pueden demostrar que la Biblia es Palabra de Dios, y por tanto, son ellos (es decir, el magisterio de la Iglesia católica) quienes tienen el derecho de interpretar la Biblia. Esto que acabamos de decir muestra la falencia principal de todo el protestantismo: en razón de los principios fundamentales de su religión, no tienen modo de saber si la Biblia es Palabra de Dios o no (de hecho afirman que es Palabra de Dios, porque esto lo han recibido de la Iglesia católica).
Vamos a demostrar este aserto que es la principal objeción que debemos hacer a todo protestante que viene a combatir nuestra fe.
Los principios fundamentales del protestantismo son dos: sola Scriptura (la sola Escritura) y sola fide (la sola fe), y ambos principios en realidad se derivan del primero, puesto que profesan la salvación por la sola fe precisamente porque así entienden que está revelado en la Escritura. Es el primero el que nos interesa aquí, pues es el que hace referencia a la Biblia.
El principio de sola Scriptura, formulado por Lutero significa dos cosas:
A: que la Biblia es palabra de Dios (y por tanto, debemos creer todo lo que ella dice) y no hay más palabra de Dios que la Biblia (por tanto, se ha de creer solamente lo que dice la Biblia, de donde brota el rechazo de toda Tradición y Magisterio de la Iglesia).
B: que cada uno debe interpretarla por sí mismo (llamado “principio del libre examen”). Éste es un principio universal para todos los protestantes: sólo la Biblia es la norma de fe, y más propiamente la interpretación que cada uno hace de la Biblia, es la norma de fe.
Precisamente esto es lo que ha llevado, desde la Reforma de Lutero, a tanta multiplicación de iglesias protestantes y luego de sectas derivadas: cada uno interpreta privadamente la Biblia... ¡encontrando en ella cosas diversas! Ya en vida de Lutero ocurrió esto con los anabaptistas, a quienes él combatió incluso militarmente.
Nuestra afirmación es la siguiente: los protestantes no pueden demostrar ninguno de estos dos principios, por tanto, en rigor no pueden demostrar el valor de su religión ni pueden con honestidad objetar a nadie nada usando la Biblia, puesto que ellos no pueden demostrar que sea Palabra revelada por Dios.
Tanto los católicos como todos los protestantes creen que la Biblia es Palabra de Dios, es decir, que los libros contenidos en la Biblia han sido revelados por Dios. La diferencia está en que los católicos lo creen porque la Iglesia lo enseña y ella sale de garante de esta verdad (la Iglesia, pues, debe demostrar ella misma que tiene esta autoridad y luego garantizar con dicha autoridad que tales o cuales libros han sido inspirados por Dios).
Los protestantes también creen que la Biblia es Palabra de Dios y la tienen en gran veneración , pero no pueden demostrarlo, no lo pueden probar, lo cual hace que su religión sea un fideísmo (creen sin poder explicar por qué creen); esto demuestra que su principio es falso y todo cuanto edifican sobre ello es también falso. De hecho, usando el mismo principio del protestantismo, se podría concluir que también son Palabra de Dios el Corán, los libros Vedas, o los escritos de cualquier loco que dice tener revelaciones divinas.
Debemos tener en cuenta que la Biblia no es un libro único, sino una colección de libros y escritos: son cartas, profecías, historias, etc., algunas escritas antes del nacimiento de Jesucristo y otras después. Estos libros y cartas no han sido los únicos escritos religiosos de la antigüedad, ni siquiera los únicos dentro del pueblo judío. De hecho, circularon en los tiempos bíblicos otros libros que la Iglesia no admitió como inspirados (por ejemplo los llamados apócrifos, como el Libro de Enoc, el Libro de los secretos de Enoc, el libro de los Jubileos, el Testamento de Leví, los Salmos de Salomón, etc.;
Para formar la Biblia, por tanto, hubo que elegir entre todos los escritos (cosa que no se hizo en un momento, porque hasta la muerte del último apóstol no estuvieron compuestos todos los libros).
Si no fuera por la Iglesia, que hizo este trabajo, no sabríamos cuáles son los libros inspirados por Dios (y por tanto, “Palabra de Dios”), y si la Iglesia no fuera infalible no podríamos tener seguridad de que esos libros son efectivamente inspirados por Dios (esos libros y no otros).
Los protestantes, al no aceptar la autoridad de la Iglesia, (no aceptan magisterio alguno ni tradición), no pueden saber por qué admiten que la Biblia es Palabra de Dios. La aceptan y punto; no saben por qué ni lo pueden demostrar y los intentos de prueba que hacen caen en silogismos viciosos. Por eso aceptan la Biblia como Palabra de Dios, pero con la misma seguridad que para los mormones tiene el Libro de Mormón, o para los musulmanes el Corán, o los textos Vedas para los hindúes. Si los protestantes no aceptan que estos libros (el Corán, el Rig Veda, etc.) sean inspirados, deben reconocer que tampoco pueden probar que sean inspirados los suyos (la Biblia).
Para los protestantes sólo la Biblia es regla de fe... pero en la misma Biblia no se dice cuál es la Biblia (o sea el conjunto de libros inspirados), lo cual deja a los protestantes sin norma de fe... a menos que la pidan prestado a la tradición, sin reconocerlo. Con toda razón tuvo que aceptar esto el mismo Lutero –en su Comentario sobre San Juan– al decir: “Estamos obligados de admitir a los Papistas que ellos tienen la Palabra de Dios, que la hemos recibido de ellos, y que sin ellos no tendríamos ningún conocimiento de ésta”.
Para escapar de este problema –que algunos protestantes reconocen al menos a medias– algunas sectas han afirmado que saben que la Biblia es palabra de Dios por el efecto que les produce su lectura. Pero esto es evidentemente erróneo pues, como señalaba el P. Colom:
Implica una nueva contradicción con sus principios, pues ellos dicen creer solamente lo que está en la Biblia y la Biblia en ninguna parte dice que se puede conocer que un escrito es palabra de Dios por el efecto que produce, ¿dónde dice la Biblia que por sus efectos los lectores sabrán que la Biblia es revelada? Además es clarísimo que las cosas que se han añadido a la Biblia y las frases o palabras mal traducidas, no son palabra de Dios. Si fuese verdad que ellos pueden conocer si un escrito es palabra de Dios por el efecto que les produce su lectura, entonces al leer algo añadido a la Biblia o mal traducido, sabrían que no es palabra de Dios por no producirles el efecto que dicen que les produce la lectura de la Biblia, palabra de Dios.
Pero hagan la prueba de hacer leer a cualquier protestante (pastor o simple fiel, porque el principio debe valer para todos, hasta para el más sencillo) diversos textos, algunos de los cuales deliberadamente mal traducidos y que disciernan –por los efectos producidos– cuál es palabra de Dios y cuál no es... No pueden hacerlo porque el principio es falso.
El P. Colom relata lo siguiente: “Una vez, hablando en Asunción (Paraguay), con dos misioneros mormones, y diciendo ellos en su Credo (Art. 8°): Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde está bien traducida, les pregunté cómo sabían ellos si estaba bien traducida. Me respondieron que ‘por la imposición de manos que habían recibido’. Para probarles que no era verdad lo que decían, les propuse presentarles cien textos de la Biblia, algunos de ellos expresamente mal traducidos por mí. Entregaría un ejemplar de los cien textos a cada uno de ellos para que, por separado, pusiesen una cruz a los mal traducidos. Si era verdad lo que decían (que por la imposición de manos que habían recibido conocían si un texto de la Biblia estaba bien traducido) los dos coincidirían al señalar con una cruz los mal traducidos. No aceptaron. Incluso uno de ellos se desdijo, confesando que él no podía conocer si un texto estaba mal traducido. ¿Aceptarían los protestantes que dicen conocer que la Biblia es palabra de Dios por el efecto que les produce su lectura, la prueba que les propuse a los misioneros mormones? Y, en cuanto a éstos, si creen en la Biblia en cuanto esté bien traducida, y no saben cuándo está bien traducida, ¿pueden creer en la Biblia?”
¿Por qué, si nosotros tenemos la misma naturaleza que los miembros de las sectas protestantes, al leer la Biblia no advertimos que sea palabra de Dios por el efecto que nos produce su lectura? Y si nosotros no lo advertimos, tampoco ellos los advertirán; por tanto, es falso lo que dicen. Además, si esto fuese verdad, para saber que un escrito no es palabra de Dios, habría que leerlo para advertir que no produce aquel efecto y, por lo tanto, no es palabra de Dios. ¿Y han leído las sectas todo lo que se ha escrito en el mundo para decir que sólo lo que está en la Biblia es palabra de Dios? Si no han leído todos los libros, cartas, periódicos, revistas, etc., que se han escrito en el mundo, ¿cómo saben que sólo lo que está en la Biblia es Palabra de Dios? Por este motivo, el que no haya más libros inspirados que los que tenemos en la Biblia es doctrina de la Iglesia católica, no de la misma Biblia.
A veces sucede que cuando un católico les pide a los miembros de las sectas que prueben que la Biblia es palabra de Dios, éstos le preguntan si él cree que lo es, y si lo cree, ¿para qué probárselo? No hay que caer en este sofisma, puesto que los católicos creemos que la Biblia es Palabra de Dios apoyándonos en la autoridad del magisterio de la Iglesia. Por el contrario, si algún protestante nos responde así, habría que decirle: “¿Usted cree que la Biblia es Palabra de Dios por el mismo motivo que lo creo yo? Porque si cree por el mismo motivo, entonces está aceptando que la Iglesia católica es la Iglesia verdadera fundada por Jesucristo y que tiene autoridad infalible para determinar qué libros son inspirados por Dios y cuáles no. En tal caso: ¡bienvenido al catolicismo!”
Ahora bien –nuevamente recurro a los argumentos del P. Colom–, cuando las sectas se presentan con la Biblia, se les puede preguntar: “¿Esto es la Biblia o una traducción de la Biblia?”. Han de decir que una traducción. “Si es una traducción —añada el católico— ¿dónde dice la Biblia que se puede traducir? ¿Dónde dice la Biblia que esta traducción está bien hecha y no contiene errores?, pues, según ustedes hemos de creer solamente lo que dice la Biblia”. Para probar que la Biblia se puede traducir y que la traducción está bien hecha y no contiene errores, hace falta una autoridad distinta de la Biblia —puesto que la Biblia no lo dice— y posterior a ella y a la traducción, autoridad que las sectas no admiten.
No hay más palabra de Dios que la Biblia
El principio que guía al protestantismo sobre la Biblia (la Biblia es Palabra de Dios) implica también que “sólo la Biblia” es fuente de autoridad; o sea, no hay otra regla de fe que la Biblia; con esto los protestantes rechazan toda otra autoridad y magisterio. He de señalar que no ha sido ésta una postura defendida siempre por Lutero, ya que él, al menos en 1519, todavía se remitía a la autoridad del Papa (escribía Lutero estas palabras a León X: “Postrado a los pies de tu Beatitud me ofrezco con todo lo que soy y poseo. Vivifícame, mátame, llámame, revócame, apruébame, como te plazca. Conozca por tu voz la voz de Cristo que en ti preside y habla; si merezco la muerte, no la rechazaré”).
Fue al ver fulminadas como heréticas varias de sus doctrinas que se separó de todo aquello que restringiera su libertad doctrinal. Desde entonces Lutero proclama que la Biblia y sólo la Biblia es regla única, suficiente, suprema de la fe, juez soberano y sin apelación de toda controversia doctrinal.
Pero este principio es contradictorio, pues –como ya hemos señalado– si la Biblia es la única norma de fe, ¿en dónde dice la Biblia eso? ¡“Sólo hay que creer lo que dice la Biblia”!, ¡pero precisamente esto no lo dice la Biblia! Por eso, si se ha de creer solamente lo que dice la Biblia, y la Biblia no dice que se ha de creer solamente lo que ella dice, no se ha de creer solamente lo que ella dice. Además, este principio va en contra de la misma Biblia, porque la Biblia dice que se han de creer cosas que no están en la Biblia. Así, por ejemplo, San Juan, al final de su Evangelio, escribe: Hay, además de éstas, otras muchas cosas que hizo Jesús, las cuales, si se escribiesen una por una, ni en todo el mundo creo que cabrían los libros que se escribieran (Jn 21,25). Y al terminar su tercera carta escribe: Muchas cosas tenía que escribirte, mas no quiero escribirte con tinta y pluma; mas espero verte pronto, y hablaremos de viva voz (3Jn 13-14). San Pablo, por su parte, manda que se transmita lo que se oyó: Lo que oíste de mí, garantizado por muchos testigos, esto confíalo a hombres fieles, quienes sean idóneos para enseñar a su vez a otros (2Tim 2,2); Conserva sin detrimento la forma de las palabras sanas que de mí oíste (2Tim 1,13). Por esto también nosotros hacemos gracias a Dios incesantemente de que, habiendo vosotros recibido la palabra de Dios, que de nosotros oísteis, la abrazasteis no como palabra de hombre, sino tal cual es verdaderamente, como palabra de Dios (1Tes 2,15); Os recomendamos, hermanos, en el hombre de nuestro Señor Jesucristo, que os retraigáis de todo hermano que ande desconcertadamente y no según la tradición que recibieron de nosotros (2Tes 3,6). Así, volvemos a las palabras de Colom, cuando los miembros de algunas sectas preguntan al católico: “¿Dónde está en la Biblia tal o cual cosa?”, refiriéndose a una doctrina católica que según ellos no está en la Biblia, hay que preguntarles: “¿Y dónde dice la Biblia que se ha de creer solamente lo que ella dice?”, señalándoles después los textos de San Juan y de San Pablo de los párrafos anteriores.
El principio de la libre interpretación de la Biblia
Según la doctrina del protestantismo en general y también de las sectas derivadas de él, no es la Iglesia ni ninguna otra autoridad externa, sino cada individuo, el que tiene que interpretar la Biblia. Esto se denomina “libre examen”: cada uno interpreta privadamente la Escritura con la ayuda del Espíritu Santo. En la Declaración de Fe bautista se lee: “Cada ser humano tiene el derecho de estudiarla (a la Biblia) para sí y está en el deber de seguir sus sacrosantas enseñanzas”. “El protestantismo —leemos en otro escrito protestante— es un testimonio histórico en favor del derecho de libre examen y libre interpretación de las Sagradas Escrituras”. “Solamente el libre examen debe interpretar la Biblia”, escribía un Pastor protestante. Debido a este principio, las Biblias protestantes se publican sin notas, dejando al lector la interpretación de lo que lee. Es el Espíritu Santo –dicen— el que tiene que enseñar al que la lee lo que dice la Biblia. En vez de la autoridad de la Iglesia, la inspiración privada.
Sin embargo, este principio es falso e insostenible por varios motivos muy fuertes. En primer lugar, no es bíblico. ¿Dónde dice la Biblia que cada uno debe interpretar la Biblia por sí solo sin ayuda de ningún magisterio? En ninguna parte; y si –basados en el principio de la “sola Escritura”– los protestantes sólo aceptan lo que dice la Biblia, entonces deberían rechazar este principio porque no se encuentra formulado en ningún lugar.
Por el contrario, hay que decir que el principio es anti bíblico, puesto que si vamos a lo que dice la Biblia vemos que en ella no se dice que cada uno lea la Biblia y la interprete por sí solo, sino que les sea predicado y explicado lo que ella contiene. Es lo que hace Jesús con los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13 y ss). Más aún, en este episodio Jesús critica a sus discípulos por no entender lo que dicen las Escrituras: ¡Oh, insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! (Lc 24,25). Osea, que los discípulos, habiendo leído (u oído en la Sinagoga) la Palabra de Dios, no les había bastado con su sola interpretación para entender la verdad. A los apóstoles se les manda, antes de la ascensión de Cristo a los cielos, que vayan y prediquen la Buena Nueva –el Evangelio– a todas las gentes, diciéndoles que quienes les crean se salvarán (cf. Mc 16,16); quienes crean la predicación de los apóstoles; no se les manda escribir Biblias y repartirlas y dejar a cada fiel a solas con el Espíritu Santo.
Este principio es también anti-bíblico porque contradice lo que señala San Pedro en su segunda carta hablando de las cartas de Pablo: en las cuales [epístolas] hay algunas cosas difíciles de entender, las cuales los indoctos y poco asentados tuercen, lo mismo que las demás escrituras, para su propia perdición (2Pe 3,16). Pedro reconoce explícitamente que los poco preparados (“amatheis” en griego significa estúpidos, rústicos, groseros; y “astêriktoi” inestables y mal afirmados; la Neo Vulgata traduce “indocti et instabiles”) la tuercen y mal interpretan; por tanto la libre interpretación que hacían estos tales de los escritos paulinos no provenía del Espíritu Santo sino del diablo, puesto que desembocaba en “su propia perdición” (“tên idían autôn apôleian”). San Pedro califica estos escritos paulinos como “dusnoêtos”, es decir, difíciles. “Dus” en griego es un prefijo peyorativo indicando que no son fáciles de entender. También es testimonio de Pedro el que toda profecía de la Escritura no se hace por propia interpretación (2Pe 1,20). Pedro desconfía de los autodidactas incompetentes que entienden y comentan los textos a su manera (¿pero cómo podría tacharse así a cualquier persona si el Espíritu Santo realmente guiase a cada cual en la interpretación personal de la Biblia?). Por este motivo Jesús explicaba las parábolas a sus discípulos (cf. Mc 4,34) y no los dejaba a solas con el Espíritu Santo (como hubiera hecho si se hubiese guiado por los principios protestantes).
Resulta que, dice el P. Colom, al leer un mismo pasaje de la Biblia, unos entienden una cosa, y otros otra, aunque sea contradictoria de la primera. Leyendo la misma Biblia, unos dicen que hay un solo Dios, y otros, que hay varios dioses; unos creen que Jesucristo es Dios, y otros lo niegan; unos dicen que hay infierno, y otros que no lo hay; unos entienden que hay que bautizar a los niños, y otros que sólo a los adultos; y así en tantas cosas en que difieren entre ellas los centenares de sectas protestantes. Ahora bien, ¿puede el Espíritu Santo, que es Dios, inspirar cosas contradictorias? ¿Puede decirle a uno que hay un solo Dios y a otro que hay varios dioses? ¿A uno, que Jesucristo es Dios, y a otro, que no lo es? El Espíritu Santo no puede mentir, ni puede decir la Biblia —palabra de Dios— cosas contradictorias. Entonces, el principio del libre examen, defendido por las sectas como norma inmediata de fe, que les señala lo que han de creer, ES FALSO, y falsa también, por consiguiente, la religión que lo enseña”. Incluso vemos que importantes autores han dado, en el curso de su vida, interpretaciones diversas de algunos pasajes de la Biblia. Si el Espíritu Santo inspira a quien la lee, ¿es que el Espíritu Santo se ha desmentido de sus anteriores inspiraciones? Igualmente, este principio es falso porque puede ser mal usado (y de hecho ha sido mal usado) por nuestras pasiones desordenadas que, en muchos casos, tienden a buscar interpretaciones que no exijan un cambio de vida sino que sean proclives a la indulgencia moral. Así, entre algunas de las primeras sectas protestantes se buscó justificar la poligamia (con el creced y multiplicaos de Gn 1,28), el Parlamento inglés justificó el casamiento de Enrique VIII con Ana Bolena porque en 1Sam 1,5 se encuentra el texto "amaba a Ana" (se refiere al padre de Samuel), y así podría justificarse cualquier cosa.
Este principio es también impracticable porque muchos tienen imposibilidad física (no saben o no pueden leer), como niños, analfabetos, ciegos, incultos, etc.; y otros tienen imposibilidad moral (quienes cuentan con poco tiempo o poca capacidad mental). Es tan impracticable este principio que los protestantes mismos lo practican sólo cuando les conviene
Todo protestante que intenta enseñarnos algo o corregirnos en alguna cuestión bíblica, traiciona el principio de libre examen.
Cuando un miembro de una secta nos pregunta: “¿dónde dice la Biblia tal o cual cosa?”, si uno le respondiera: “me lo inspiró el Espíritu Santo al leer una carta de San Pablo”, él debería callarse, respetando su principio.
Toda traducción es una interpretación dada por un autor determinado, por ejemplo, la versión del Nuevo Testamento griego de Nestlé-Aland protestante– con todas sus notas conteniendo diversas variantes del texto. Si cada uno debe leerla e interpretarla solo, con la ayuda del Espíritu Santo, ¿por qué la lee en una traducción que es ya una interpretación dada por otro autor? Y si la interpretación de ese autor es válida y me sirve, entonces ¿por qué la Iglesia católica no puede enseñar a interpretar la Biblia si cualquier traductor lo hace? ¿Acaso no aceptan el magisterio interpretativo de Reina-Valera los protestantes que leen su versión, o los que usan la King James Version? ¿Acaso Lutero no tradujo –o sea, interpretó– y enseñó sus interpretaciones al legar a sus fieles su versión de la Biblia? ¡Cierto que lo hizo, incluso anulando pasajes que a él no le parecían inspirados! Y si Lutero podía ser maestro de los demás, entonces no respetó su propio principio. Al menos ¿con qué derecho se quita esta autoridad a los obispos, papas y sacerdotes católicos pero se concede a los traductores y pastores? Me parece que ésta es una variante de la ley de “la regla para ti, y no hay regla para mí”.
El principio del libre examen encierra una gigantesca contradicción. Los protestantes niegan que la Iglesia católica sea infalible, pero luego aceptan que cada uno de ellos es infalible en su interpretación de la Biblia. Si ellos son infalibles, ¿por qué no puede ser infalible el Papa? Y si el Papa es infalible (y todo el que lee la Biblia es infalible en su interpretación de la Biblia, al menos en lo personal según el principio protestante) ¿por qué no puede enseñar a otros algo en lo cual él es infalible? Si ellos (los protestantes) no son infalibles, ¿por qué se ponen a objetarnos a los católicos las cosas que creemos? Si no son infalibles, los equivocados pueden ser ellos. ¿Por qué tenemos que ser nosotros los equivocados? Y si todos somos infalibles pero todos creemos cosas diversas, entonces, ¿qué es la infalibilidad?
Veamos el testimonio de un ex pastor protestante, Bob Sungenis:
“Al hojear la pila de libros católicos que (unos amigos ex protestantes convertidos al catolicismo) me habían enviado, lo primero que examiné fue la idea protestante de sola scriptura, la noción que sólo la Biblia tiene autoridad. Fue como una cachetada en la cara cuando me di cuenta de la verdad de la reivindicación católica que sola scriptura es una doctrina falsa, una tradición de los hombres. La Biblia (y por extensión sola scriptura) fue la doctrina a la que dediqué mi vida. Al estudiar la enseñanza católica contra sola scriptura me di cuenta, instintivamente, de que todo el debate entre el catolicismo y el protestantismo podría resumirse en el concepto de la autoridad. Cada doctrina que uno cree está basada en la autoridad que uno acepta. Decidí comprobar esta teoría de los Reformadores pidiéndole a muchos estudiosos y pastores protestantes que me ayudaran a encontrar "sola scriptura" en la Biblia. En esta etapa, no me sorprendió que ninguno pudiera darme una respuesta convincente. Me citaban versículos que hablaban de la veracidad e imposibilidad del error en la Biblia, pero no me podían citar una frase que dijera explícitamente que las Escrituras son las únicas que tienen formalmente autoridad suficiente. Curiosamente, algunos de estos protestantes tuvieron la honestidad de admitir que en ningún sitio de la Biblia se enseña sola scriptura, pero compensaban esta laguna diciendo que la Biblia no tiene que enseñar sola scriptura para que la doctrina sea cierta. Pero yo me di cuenta de que esta posición era insostenible. Porque si sola scriptura no es enseñada en la Biblia, entonces sola scriptura es una propuesta falsa y contradictoria en sí.
Al estudiar las Escrituras a la luz del material que me había sido enviado, empecé a ver que la Biblia señala a la Iglesia –y no a sí misma– como la máxima autoridad en asuntos doctrinales y espirituales (cf. 1Tim 3,15; Mt 16,18 19; 18,18; Lc 10,16). Reconocí que la Biblia, aunque contiene la revelación inspirada por Dios, no puede ser la ‘autoridad’ máxima, pues depende de personas que razonan para observar lo que dice y, más importante aún, para interpretar lo que significa.
Además, sabía que la Biblia nos advierte que contiene información difícil y confusa que puede ser (si no tiende a ser) tergiversada en un sinfín de interpretaciones falsas e imaginarias (cf. 2Pe 3,16). Durante los años que anduve perdido en el desierto teológico del protestantismo, siempre supe que había algo equivocado, pero no sabía exactamente qué. Ahora empezaba a enfocar el problema y a discernir las partes del rompecabezas. Mientras más profundizaba, más me daba cuenta del daño que la teoría de sola scriptura había hecho a la cristiandad. La más evidente en este sentido era el protestantismo mismo: una enorme masa de denominaciones en conflicto y desacuerdo, ocasionado por su propia naturaleza de ‘protesta’ y desafío, una interminable proliferación de caos y controversia. Mis diecisiete años de estudios bíblicos protestantes me aclararon una cosa: Sola scriptura era un eufemismo para ‘sola ego’. Lo que quiero decir es que cada protestante tiene su propia interpretación de las Escrituras, y, claro está, cree que la suya es superior a la de los demás. Cada uno da su punto de vista, asumiendo que el Espíritu Santo le ha guiado a esa interpretación personal
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Es la Iglesia católica, en su tradición y magisterio de los primeros siglos, la que ha juntado, custodiado, preservado y discernido los libros con que hoy todos los cristianos (tanto católicos como no católicos) alimentamos nuestras almas. Pero los principios por los cuales los protestantes creen que deben interpretar la Biblia sin magisterio alguno, los lleva a la destrucción del principio fundamental de su fe, no a preservarlo.






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