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viernes, 3 de julio de 2026

FE Y RAZÓN, ¿AMIGAS O ENEMIGAS?

 


Hay en nuestra sociedad actual muchos prejuicios y malinterpretaciones de la fe. 

Hay quienes afirman que la fe es creer en seres mitológicos y cuentos de hadas, que es propia de los ingenuos, de aquellos que tienen miedo a la muerte, de los ignorantes que no hacen uso de la razón. 

Hay quienes ven la fe como un atraso en la humanidad y que debe ser superada para la realización auténtica del hombre.

La fe es, ante todo, una adhesión personal del hombre a Dios, y es al mismo tiempo e inseparablemente, el asentimiento libre a toda verdad que Él ha revelado. 



Dios, quien «habita en una luz inaccesible» (1 Tim 6, 16), deseó manifestarse al hombre y lo realizó gradualmente, primero, a través de los profetas y, más tarde de manera perfecta, en la Persona y la misión del Verbo encarnado, Jesucristo (Hb 1, 1-2). A  esta manifestación de Dios al hombre, le denominamos revelación divina. El libre asentimiento a esta revelación conforma la fe. Además, dado que «nadie puede decir “Jesús es Señor” sino bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12, 3), la fe, aparte de ser un acto auténticamente humano, es también un don gratuito, una gracia que proviene de Dios mismo. En ese sentido, Jesús le diría a Pedro, cuando este afirmó que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que aquello «no se lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt 16, 17).


Dios es la fuente y sustento de toda la realidad, Él es el origen de la luz de la razón, de la revelación divina y de la luz de la fe. Dado que ambas, fe y razón, proceden de Dios y, debido a que la verdad es una, entonces, no pueden contradecirse, porque Dios no puede contradecirse a sí mismo. ¿Qué sucederá, por tanto, si creemos que hallamos una contradicción entre la fe y la razón en algún asunto? Ello significa que la contradicción existe únicamente en nuestro intelecto: o nuestro razonamiento es incorrecto o, de alguna manera, estamos malinterpretando las verdades de la fe. Nuestra labor como cristianos será descubrir cómo encajan ambas armoniosamente.


La razón también puede dar certeza de la existencia de la realidad sobrenatural y ciertas características de esta. Por ejemplo, a partir de la reflexión sobre la estructura del mundo, su orden y belleza, se puede concluir y reconocer a Dios como origen y fin del universo.  Así, San Pablo afirmaría que Dios se ha manifestado a los no cristianos, desde la creación del mundo, a través de sus obras, así les ha mostrado su poder eterno y su divinidad (Rom 1, 19-20). 


La razón tiene sus límites, dado que el hombre y sus facultades son finitas. Si el hombre desea conocer a Dios como Él es, en su intimidad, requerirá de la asistencia de Él mismo. Dios tendrá que revelarse al hombre y darle la gracia de poder acoger en la fe dicha revelación.




Dios, pues, toma iniciativa y se nos revela en su Hijo, quien nos «da a conocer lo que ha oído del Padre» con una confianza propia de los «amigos» (Jn 15, 15). El hombre, por tanto, requiere de la fe y no solo de la razón para conocer a Dios plenamente. Esta precisión es necesaria para reivindicar el rol de la fe ante quienes buscan a Dios con su intelecto, excluyendo la revelación cristiana. Mediante la fe, Dios hace capaz a cada hombre, incluyendo a «los pequeños», de conocerle (Mt 11, 25). 


Pero muchos dirán: "hay muchas religiones", sí, pero el hecho de que haya muchas religiones no quiere decir que una no sea la verdadera.  ¿Qué religión puede afirmar con certeza que es la verdadera? ¿Cuál cuenta con la auténtica revelación de Dios?»


Algunos ateos dicen que, dado que la fe es creer sin evidencia, daría igual creer en Zeus, en Buda o en Jesucristo: la fe sería tan arbitraria como lanzar los dados y tan subjetiva como nuestro color favorito. A ello debemos afirmar que la fe cristiana es eminentemente racional. 

El Dios cristiano, al revelarse, no pide abandonar nuestra razón, sino que la ayuda a creer dándonos signos de credibilidad, los cuales garantizan la racionalidad de aceptar la fe cristiana. Por ejemplo, nos ha dado los milagros de Jesús y su Resurrección, los cuales han sido observados públicamente por muchos. Observemos también el férreo testimonio de los apóstoles y los primeros discípulos, que, a pesar de que sabían que serían martirizados por su fe, no renegaron de esta, ni se arrepintieron de su predicación. 

Asimismo, notemos la improbable y milagrosa expansión del cristianismo y la existencia duradera de la Iglesia a través de veinte siglos, manteniendo una increíble unidad y consistencia de enseñanzas: ¿qué institución humana, conformada por hombres falibles y enfrentada a tantas amenazas políticas, militares, culturales y religiosas podría continuar existiendo en la actualidad si no es con la ayuda del Todopoderoso? 




En conclusión, mostrando la no contradicción, complementariedad y necesidad mutua de fe y razón, y la racionalidad de la fe cristiana, podemos afirmar con seguridad que nuestra fe y nuestra razón no guardan enemistad, sino que son verdaderas amigas. Elevémonos, pues, con ambas, a la contemplación de la verdad.

Fe y Razón ¿amigas o enemigas?

por Mauricio Briceño

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