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martes, 7 de julio de 2026

LOS MILAGROS NOS PUEDEN ACERCAR A LA REALIDAD DE DIOS

 

Un milagro, sin la necesaria apertura a la Verdad, no pasa de ser un prodigio o, como diría alguien más moderno, un “fenómeno paranormal”. Es decir, algo que, o bien no tiene explicación o es una simple expresión de leyes naturales que aún no se han descubierto. En cualquier caso, algo más o menos curioso pero carente de significado para la propia vida. Por esta razón, el mismo Cristo se negó a hacer milagros ante Herodes, quien sólo quería disfrutar del espectáculo de un prestidigitador más hábil que los demás.

Aquel que, de antemano, ha decidido que Dios no existe y que, en consecuencia, los milagros no pueden producirse, no aceptará un milagro aunque caiga del cielo y le golpee en la coronilla. En cambio, quien está abierto a la Verdad puede encontrar en un milagro, ya sea espectacular o de andar por casa, físico o moral, vivido en propia persona o conocido por testimonios, un signo que le indique el camino por donde puede encontrarse con esa Verdad que busca.


Sólo quien tiene esa apertura a la realidad puede ser verdaderamente crítico con los milagros. De hecho, no hay nadie que haya estudiado más los milagros, con todas las herramientas de la ciencia, que la Iglesia. Y nadie habrá rechazado más milagros, por dudosos o indemostrables, que la propia Iglesia. Para cada canonización de un santo se rechazan cientos o miles de milagros que no se pueden demostrar o que podrían haberse debido a causas naturales. Lo que no hace la Iglesia es caer en el dogmatismo acrítico de quienes rechazan de antemano que puedan darse los milagros.


Y, además de esa apertura a la verdad, reconocer un milagro como milagro exige también otra cosa: la disposición a tomarse en serio la realidad y a permitir que esa realidad cambie la propia vida. Esto no es nada fácil. Resulta mucho más cómodo archivar el milagro, como decía antes, como manifestaciones de fenómenos naturales desconocidos, engaños, alucinaciones o visitas de extraterrestres, porque ni los fenómenos naturales, ni los engaños, ni las alucinaciones, ni la existencia de extraterrestres afectan a nuestra vida ni nos sacan de nuestra rutina y nuestro pequeño mundo cómodo y conocido. En cambio, darnos de bruces con Dios sí que cambia nuestra vida. Totalmente.


Voy a dar un ejemplo que, sin duda, ya conocerán algunos lectores: Alexis Carrel. El Doctor Carrel fue un médico francés muy famoso de la primera mitad del siglo XX. Algunos de sus descubrimientos revolucionaron la medicina, como en el ámbito de los autotransplantes o de la sutura de vasos sanguíneos, y recibió el premio Nobel de Medicina en 1912. Este médico, nacido en una familia cristiana, se hizo totalmente agnóstico al contacto con el ambiente científico de su época y su país, que defendía en su mayoría un positivismo absoluto que rechazaba de plano cualquier visión sobrenatural del mundo y de la vida.

ALEXIS CARREL

En 1902, sin embargo, ocurrió algo que cambió la vida de Carrel. Marie Bailly se dirigía en un tren hacia Lourdes. Y se moría. Carrell la examinó y diagnosticó sin ninguna duda una peritonitis causada por la tuberculosis que la joven había sufrido desde los quince años y que había llevado ya a la tumba a sus padres. La quedaban, a lo sumo, unos días de vida. Los ayudantes, sin embargo, la llevan a la gruta y Carrel, admirado, observa que su aspecto empieza a mejorar rápidamente hasta que, después de un rato, se recupera por completo y desaparecen todos los síntomas de la enfermedad. El médico ateo, ante esto, se fue ante la imagen de la Virgen y rezó, desde la duda y la oscuridad, pero pidiendo la luz de la fe. Y la recibió.

Poco después, Alexis Carrel cometió un “error”: en lugar de callar su experiencia, la contó públicamente. El resultado fue que la comunidad científica francesa, supuestamente formada por las personas más amantes de la verdad y más dispuestos a aceptar la realidad como es, se negó a escucharle y le rechazó de tal manera que le quedó claro que nunca podría enseñar en las universidades francesas y tuvo que emigrar a América. Unos años después, recibió el Premio Nobel por sus descubrimientos sobre la cirugía.

Es decir, ante el mismo hecho, Carrel se convirtió e innumerables colegas suyos no lo hicieron. Para uno la curación fue un camino de descubrimiento de una Verdad que desconocía y, para otros muchos, no pasó de una simple anécdota que, como sea, había que acallar porque resultaba molesta.

Y esto no es algo aislado, sigue sucediendo hoy. Los milagros de Lourdes son certificados por una comisión en la que participan médicos ateos o agnósticos. Ningún milagro es aceptado como tal si no es certificado como algo inexplicable por científicos que no creen en Dios. ¿Se convierten esos médicos? Como pasa con el resto de las personas: unos sí y otros no. El problema es mucho más profundo, porque, en realidad, lo importante no es someter a diversas pruebas los milagros: somos nosotros quienes somos puestos a prueba por los milagros.


Al final, todo depende de como se coloca uno ante la Verdad. Quien se coloca ante la realidad como juez, nunca verá más allá de sus propias opiniones e ideas preconcebidas. En cambio, quien se coloca ante la Verdad como un mendigo, antes o después verá milagros. La humildad habla a la humildad y los milagros, incluso los más espectaculares, son algo muy humilde. No son prodigios que busquen dejarnos boquiabiertos. Más bien, como dice el cuarto Evangelio, son signos, es decir señales que no se apuntan a sí mismas, sino a más allá de sí mismas. Quien se queda en el milagro se está perdiendo lo más importante: la Persona a la que apunta ese milagro y cuyo conocimiento vale más que la salud, que el vino y que la vida misma.

Bruno M.

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